Jueves  19 de Julio de 2018 | Última actualización 08:50 AM
Salvador Santana, el poeta detrás de las rejas
Por: RAFAEL PINEDA | 5:54 AM

DESDE EL ORIENTE

MONTEVIDEO, Uruguay.- Recuerdo emocionado a un joven poeta llamado Salvador Santana que en los años de la dictadura fue a la cárcel por el delito de pensar. Y en la cárcel escribió bellos poemas, como hicieron Miguel Hernández en los penales de España, Nazim Hikmet Ran en los de Turquía, y Eugenio Perdomo en la cárcel de Santiago de los Caballeros por su papel propagandístico a favor de la lucha armada contra el colonialismo español.

El nombre de Salvador Santana se escribirá en la historia de los poetas que fueron a la cárcel porque sus versos estuvieron a favor de la lucha por la libertad del hombre o simplemente porque describieron la vida y el amor.

Santana, estando preso, escribió versos filiales, sublimes como el puro amor y mostró que viviendo la vida se vive la realidad como si fuera ficción. El subjetivismo nunca lo abandonó. Nunca exteriorizó en sus escritos amargura ni aborrecimiento contra sus carceleros ni contra el gobierno que los patrocinaba.

Debe haber sentido en la cárcel lo mismo que Nelson Mandela quien leyó mucha poesía y en sus 25 años de prisión fue ayudado por el poema “Invictus”, escrito por el inglés William Ernest Henley: “En las garras de las circunstancias, no he gemido ni llorado. Ante las puñaladas del azar, si bien he sangrado, jamás me he postrado”.

La poesía que Salvador Santana escribió en la cárcel expresaba la vida del hombre de la calle, las de aquellos que convivían en la armonía del vendutero, del carbonero; cantó al cartero Pirrindìn, al heladero “pinchado”, a la pordiosera Juanita, al barón del cementerio y al carretillero Vale Toño

Pasó entre 12 y 13 meses mirando la luz del sol a través de unos barrotes hasta el día que fue excarcelado (1972) y obligado a abandonar su barrio, su ciudad, su liceo, sus amigos. Se marchó a la capital Santo Domingo como un exiliado más, pero repitiendo con Nelson Mandela: “Ya no importan cuan recto haya sido el camino, ni cuantos castigos lleve a la espalda. Soy el amo de mi destino, soy el capitán de mi alma”.

El tiempo de cárcel y desarraigo empujaron a Salvador Santana a un mundo diferente. Trabó amistad con grandes poetas y se curtió como lírico de la noche, del arrabal bohemio, del hombre errante y de la pasión mutante.

El autor de “Las Trompetas del mal humor” cargó en el pellejo la misma cruz que arrastró el filósofo Voltaire, representante de la ilustración, quien pasó un año preso por publicar poemas satíricos contra la iglesia católica; en la cárcel escribió su famosa obra “Edipo” y arremetió contra el regente de Francia.

En Chile Víctor Jara fue a la cárcel y le cortaron las manos por cantar canciones revolucionarias. En Rusia Fiodor Dostoievski fue hecho preso y llevado a un pelotón de fusilamiento por sus escritos contra el zarismo, habiéndosele conmutado la pena capital minutos antes de la ejecución. Lope de Vega también fue a la cárcel por escribir poesía satírica contra el rey de España y lo mismo sucedió con el poeta y pensador inglés Tomás Moro, mandado a fusilar con el beneplácito y bendición de la iglesia protestante; y con el manco de Lepanto, Miguel de Cervantes, a quien le impusieron 5 años de cárcel, naciendo de esa etapa de su vida la primera parte de la obra cumbre de la lengua española: El Quijote de la Mancha. El Marqués de Sade estuvo preso en La Bastilla y otros nombres de la gran literatura pasaron por la pesadilla de la cárcel; cito al novelista colombiano Álvaro Mutis y al inglés Oscar Wilde

Muchos de ellos, y otros no citados, fueron fusilados; son los casos de Eugenio Perdomo, Miguel Hernández, Víctor Jara, Tomás Moro y Federico García Lorca. El cuentista y novelista dominicano Ramón Marrero Aristi, autor de la novela Over, murió de un disparo en la cabeza después que se publicara un escrito en el The New York Times atribuido a su pluma.

Más o menos en la misma época cuando Salvador Santana fue apresado, en febrero de 1974 el escritor uruguayo Nelson Marra publicó un cuento en el semanario Marcha, titulado “El guardaespaldas”; esa publicación desató la ira del gobierno militar que mandó a reprimir al prestigioso medio de comunicación allanando sus oficinas y clausurándolo; apresaron al director, el periodista Carlos Quijano y a todos los miembros de la redacción. Marra también fue a la cárcel junto a los miembros del jurado que habían premiado el referido cuento en un concurso de narrativa, entre estos el afamado escritor Juan Carlos Onetti quien duró casi tres meses preso; cuenta una crónica de la época que un coronel, molesto por la cantidad de solicitudes que le llegaban de diferentes partes del mundo pidiendo la libertad de Onetti, dijo golpeando el escritorio: “¡Quièn mierda es ese Onetti!” A los 80 días fue liberado y exiliado por el resto de sus días mientras que Nelson Marra quedó 5 años en la cárcel acusado de escribir cuentos que “vilipendiaban a las fuerzas armadas y estimulaban a las asociaciones subversivas”. También murió en el exilio

Otros poetas pasaron largos años privados de libertad; veamos al español Marcos Ana ((Alconada, Salamanca, 1920-2016) encarcelado a los 19 años, a quien el régimen de Francisco Franco le conmutó la pena de muerte a cambio de una condena de 30 años de prisión.

El poeta, ensayista y bibliógrafo Miguel Collado me dijo que lo habían invitado para que presentara el Libro El humano Esplendor, reciente obra de Salvador Santana respaldada por el prestigio de la Editorial Santuario; yo le comenté a Miguel que me hubiera gustado presentar ese libro por dos razones; número 1, porque la poesía de este creador, dentro o fuera del subjetivismo, dentro o fuera del malditismo, es un manjar de inspiración; y número 2, porque guardo unos recuerdos conmovedores de él, y la presentación de una de sus obras sería una oportunidad de comentar esos recuerdos ante la personal necesidad, casi imperiosa, de arrimar el hombro a lo acontecido en la República Dominicana durante los azarosos años en que gobernó Joaquín Balaguer.

Si un pueblo vive de espaldas a su pasado, permite que al villano se lo hagan pasar por héroe, y que al héroe lo hagan aparecer como villano. De eso está llena la historia nacional. Para corroborarlo nada más tenemos que entrar al panteón nacional o dar un paseo por los parques, aeropuertos y plazas públicas.

Iniciando el 1971, momento en que se recrudecía la política de persecución contra la juventud que soñaba un mundo mejor, Salvador Santana, con solo 19 años, fue encarcelado por la misma razón que fueron perseguidos miles de jóvenes.

Angustiosos fueron para él los interminables meses tras las rejas de la cárcel José María Cabral, de San Juan. Yo entonces tenía una audición con el nombre “El Rincón de los Poetas” donde leía poemas de la generación de postguerra, de los creadores que me acercaban sus producciones, y de poetas universales. Era un programa muy escuchado por los jóvenes. Mis compañeros en esa aventura eran Cassandro Fortuna y Henry Stridels Miguel. Intentaba yo emular el ejemplo de Carlos Francisco Elías, José Enrique Trinidad, Tony Raful, Ulises Santamaría, Andrés L. Mateo y Norberto James a quienes leía en las páginas de los diarios y escuchaba en un programa llamado La Cultura en Santo Domingo.

Esa época, caracterizada por la brutal represión política y por el terrorismo de estado, había tres delitos fundamentales.

1-Ser joven; 2- leer libros; 3- Ser militante de cualquier partido político que no fuera el liderado por Joaquín Balaguer (quien venía de una larga experiencia como asistente y consejero de Trujillo). Si era joven, y además de militante era de izquierda, se potenciaba el delito reglamentado por el delirio del régimen. Sin término medio. No existía libertad de opinión ni derecho a escoger idea política.

Salvador Santana fue culpable de todos los delitos: Era joven, leía las tesis y teorías del pensamiento universal y era militante de izquierda. Era, parangonando la famosa obra teatral de Henrik Hibsen, El enemigo del pueblo. Durante su año de prisión compartió en una misma celda con Manuel de los Santos (Machito), dirigente del Movimiento Popular Dominicano canjeado en 1971 por un coronel estadounidense.

Desde que fue llevado a la cárcel empezó a escribir poemas y se puso en contacto conmigo a través de una de sus hermanas; ésta iba a visitarlo, recibía y luego me llevaba los poemas.

Yo los recibía con gran sentimiento y los leías para el público. Empezó así a ganar notoriedad aquel joven poeta prisionero del gobierno y se hizo una campaña de solidaridad en la radio, en los periódicos clandestinos y en carteles de calle que reclamaban “libertad para Tom Santana”. Fui el vaso comunicante que le transmitía al público los estremecimientos de aquel poeta de 19 años que estaba sufriendo una prisión política.

Haciendo causa solidaria con Salvador Santana me exponía a todos los riesgos y pensaba en aquellos poetas que pusieron su poesía y su sangre al servicio de la libertad del hombre.

Y me recordaba intensamente a Nazim Hikmet Ran, el poeta turco que yo admiraba, quien de sus 61 años de vida pasó más de 25 encarcelado por escribir poemas en contra de la dictadura. Me recuerda hoy las cárceles de los poetas argentinos y cantores prohibidos (Víctor Heredia, María Elena Waals; los poetas comprometidos de Chile, Guatemala, Nicaragua, El Salvador, países donde se hicieron fuertes dictaduras parecidas a la que había en la RD, donde ser librepensador, lector, artista, poeta, era delito. Y veo el martirio del argentino Juan Gelman huyendo a Europa después del secuestro y muerte de su hijo y de su nuera recién parida.

Salvador Santana sobrevivió a los 12 años de Balaguer. Hoy tiene notoriedad como el gran poeta que es. Tiene 3 libros publicados y goza de buena salud.

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