Domingo  25 de Agosto de 2019 | Última actualización 09:25 PM
Heriberto Scheker Ortiz
Por: NARCISO ISA CONDE | 7:29 AM

El hijo de Don Luis y Doña Ana, dos seres de una bondad infinita.

Hermano de Luisito y de Luisiana, los tres de la misma estirpe.

Uno de mis hermanos del alma, de mis mejores amigos, desde la niñez y hasta siempre…

Heri, a quien conocí junto a Amín Abel, cursando primero una parte de la primaria y la intermedia, y luego tres años de la secundaria, en el Colegio de La Salle; cuando nos mudamos inicialmente de San Francisco, y después de Puerto Plata, a la Capital.

Yo, con el monte frondoso y la mar espléndida colgados del alma.

Él, con su encendido amor por su querido y cercano San Carlos, en el que bajo su influjo forjamos amistades comunes en nuestra adolescencia y juventud.

Los dos, lasallistas de “a pié”, residentes en la Zona Universitaria, de los que subíamos al Colegio por el trillo rocoso que comunicaba de la José Contreras a la ave. Bolívar.

Habitantes de un área sembrada de mangos y cajuiles, de espacios donde jugar pelota y marotear a la vez.

Amín, el mejor de los mejores del curso y de quien brotaba una bondad sobrecogedora, se hizo merecedor de un cariño indescriptible del grupo.

Mi primo Joselín, recién llegado de Macorís del Norte, con un medular acento cibaeño, objeto de hirientes burlas capitaleñas, jamás pudo olvidar el gesto solidario del “turquito de la Mella”, el más chiquito y mejor estudiante del curso.

Heri, el excelente dibujante que ya apuntaba ser el formidable arquitecto y artista plástico que conocimos más tarde, el apasionado y destacado deportista de toda la vida, supo asumir siempre sus calidades con modestia ejemplar.

Desde que comenzamos a compartir, calibré su corazón, valoré su condición humana y su integridad, y pienso que él hizo lo propio.

Más tarde, desde facultades distintas, compartimos vida y luchas universitarias.

Forjamos tempranamente entonces, y para toda la vida, una hermandad invulnerable, siempre a los compases de identidades políticas y éticas inconmovibles, no importaban las distancias y las adversidades mutuas.

Alegres en la rebeldía y sensibles a los sufrimientos del pueblo, prestos a aprender de las aulas y de la vida.

Tony se hermanó con Luisito.

Yo y Joselín, nuestro primo, con Heriberto.

Ellos, los más grandes, más serios; nosotros más traviesos.

Vino El León, aquel de uva de playa, mezclado con Brugal (“pinta y pinta”) de por medio. Cherchas alegres y conspirativas, con unos “jumos” baratísimos.

Jorgi Asmar Annia, otro turquito, se hizo “guate” de Heri y de todos nosotros.

Chiqui Troncoso, hermano de Tomás, también.

Yo estudiaba con los dos Chiqui, Troncoso y Marión Landais, July Fortuna, Nano Lebrón y Papito Vallejo, en la casa de piedra de la Jonas Salt. Una mezcla extraña de un aspirante a médico con cuatro cursantes de ingeniería civil.

Heri estudiaba con Jorgi en las casas de ambos.

Niples y fabricación de bombas caceras de estruendo, expedición de junio de 1959, Movimiento Clandestino 14 de junio, asesinato de las Mirabal, amigos y amigas encarcelados, Fidel y el Che por Radio Habana, Pérez Jiménez derrocado por el pueblo en Venezuela…

La “marca del zorro” en nuestras almas políticas, que Heri y yo conservamos eternamente desde diferentes niveles de compromiso y distintas condiciones familiares y opciones de vida.

Y luego… la FED, Fragua, Abril, el asesinato de Amín y la horripilante noche de los DOCE AÑOS…

Sí, la terrorífica era de los DOCE AÑOS, en la que Heri, Jorgi, Joselín…entre muchas almas solidarias, me tendieron su cariño familiar, su discreto y valioso y compromiso político, para salvarme de las garras criminales del balaguerismo en no pocas momentos de alto riesgo y pruebas de valentía.

Y ahora nos sorprende el dolor y la alegría del amigo que se despide de esta vida y nos deja el orgullo de haberlo tenido siempre y para siempre como hermano.

Santo Domingo, RD,
3-06-2019.