Jueves  02 de Abril de 2020 | Última actualización 08:47 AM
Crónica de una muerte anunciada
Por: LUIS RAMON DE LOS SANTOS F. (Monchín) | 7:38 PM

La cancelación de las elecciones municipales y congresuales fue, a mi juicio, la crónica de una muerte anunciada, y lo que es peor, los asesinos son los principales protagonistas de ese evento que contó desde el principio con una andanada de críticas y críticos que predijeron las inminentes fallas técnicas que luego ocurrieron, fallas que necesariamente no serían el producto de los equipos electrónicos per se, sino de quienes tenían la delicada misión de utilizarlos.

Esas elecciones municipales, como antesala para las generales de mayo, tenían una importancia capital ya que en la medida en que el electorado se inclinara por una determinada parcela política se suponía una derivación automática en términos de votos para esa misma parcela en el estrado presidencial.

Nadie con dos dedos de frente podria imaginarse que después de cientos de pruebas, análisis, dichos y contradichos el sistema automatizado de votos iba a fracasar estrepitosamente minando la confianza y credibilidad, por cierto ya menguadas, de la Junta Central Electoral.

Esa junta, compuesta por personas a las que se suponía cierto grado de honorabilidad, se prestó a graves indelicadezas en beneficio de sectores obscuros de la política vernácula.

El país político llegó al firme convencimiento de que con esa junta de árbitro, cualquier tipo de decisión electoral iba a tener una fuerte carga de confrontación, rechazo y cuestionamiento.

El abogado Marino Vinicio Castillo (Vincho) nunca ha sido ni será santo de mi devoción, a pesar de la animadversión que siento por él, nunca he podido sustraerme al deseo de escucharlo y verlo con la teatralidad e histrionismo con que defiende sus postulados y principios.

Vincho desde su atalaya, tantas veces cuestionada, ha demostrado no sólo que es un dominicano muy bien enterado por "altas fuentes", sino un actor de primer reparto en decisiones que en su momento decidieron la suerte de millones de dominicanos, todos recordamos el tristemente famoso "Gacetazo", tras las elecciones presidenciales del año 1978.

Esos comicios fueron ganados por el Partido Revolucionario Dominicano (PRD) y que llevó a la primera magistratura del Estado a quien considero el mejor presidente dominicano de la historia reciente: Silvestre Antonio Guzmán Fernández.

Vincho Castillo, trayendo de los cabellos argumentos cuasi inverosímiles, interpretó a su peculiar manera unas letritas pequeñas de una gaceta oficial; el resultado final fue el despojo de cinco senadores y varios diputados al partido ganador, dando como resultado inmediato la pérdida de la mayoría congresional que el nuevo gobierno necesitaba.

Es decir, la mayoría que no sólo servía para desbalaguerizar ese poder del Estado, sino para ejecutar el programa de gobierno de esa colectividad política.

Aún están recientes en la memoria de los dominicanos los argumentos teatrales, el granadazo, que se comprobó fue un lamentable accidente, el despojo y hasta la despersonificación de ese abogado, dignas de un Oscar de la academia de cine.

¿Por qué traigo a colación este tema y este protagonista? Por las recientes declaraciones del mismo en las que advertía con premonitoria seguridad todo lo que aconteció el 16 de febrero.

Si usted se toma la molestia de escuchar esas declaraciones se convencerá de que o las actitudes gubernamentales respecto al resultado final del proceso electoral dejaron de ser un secreto de Estado para convertirse en la página de una minuta oficial o que real y efectivamente Vincho ve "más allá de la curva". Saque usted su propia conclusión. Al momento de escribir estas líneas el país está en vilo; los actores principales de la que se suponía iba a ser una jornada cívica ejemplar demostraron que tenían el refajo más allá de las rodillas, y lo que es peor, una jauría política halándose las greñas, acusándose unos a otros, descalificándose, comportándose como delincuentes de la más baja ralea.

Y un árbitro cobarde tratando inutilmente de separar a los contrincantes, ni unos ni otros son creíbles. ¿Qué vendrá después? Nuevas elecciones desde ya cuestionadas.

Pero además, ¿los mismos actores con viejas mentiras? Se verá la renovación de las mismas promesas, ahora con un ropaje distinto o de plano la institucionalización del desorden, la mentira, el abandono a los principios y como lógica consecuencia la cualquierización de un país digno de mejor suerte e injustamente arbitrado por la peor y más indigna claque delincuencial.