Martes  14 de Julio de 2020 | Última actualización 06:47 AM
Esos fueron los dias...
Por: LUIS RAMON DE LOS SANTOS (Monchín) | 7:52 AM

Días fríos, con neblina y gotitas de lluvia, días en los que la cama y la almohada se hacían cómplices de tu pereza, días en los que despertar y abrir los ojos eran más que una necesidad, una proeza. Esos días en cualquier estación eran plenamente vividos y disfrutados. Para entonces el escenario de esa delectación sublime era un pueblo enclavado en la mitad de la isla de Santo Domingo. Los muchachos de entonces éramos como una parvada de gansos aleteando en los alrededores de cualquier patio y bien que lo fuimos felices aun cuando lo ignorábamos. La escasa propuesta de variedades que teníamos era generosamente suplida por la salida al parque o simplemente por la reunión, generalmente para hablar de nada, en el patio de la escuela. Eran tiempos buenos porque no teníamos más alternativa que hablarnos cara a cara o en su defecto escribir una carta, depositarla en la oficina de correos y esperar a que el inefable Propín la depositara en su destino.

Propín era un personaje esencial en nuestras vidas de mocosos adolescentes, su figura enjuta e invariablemente ataviada con un saco gris y corbata negra, era el pan nuestro de la esperanza, su rápido caminar y eterna sonrisa eran lo más parecido a un pan de Dios. En esos días cuando todo parecía marchar bien, nadie se imaginaba que el teléfono de fonía iba a desaparecer o que el mabí de cacheo, los pastelitos de doña Guiguita o las galetas de la Muda se escaparían por la puesta de atrás sin que nadie supiera el porqué de su huida. Si amigos, esos fueron los días de acostarse temprano, de no discutir las ordenes de los padres, de exprimir la mente recordando unos versos de José Ángel Buesa o de esconderse para ocultar la pena que causaba un amor platónico, el más cruel de los amores porque nacía, se desarrollaba y Moria dentro de uno y sin que nadie lo supiera.

Para ese tiempo, como comúnmente se decía, la amistad rayaba en la hermandad, un amigo era un confidente, un receptor de cuitas y un consejero en los momentos en los que parecía detenerse el mundo, claro, es de suponerse que en algún momento ese amigo debió pasar por un trance semejante, ¿quién de los nuestro no paso por el calvario de una pena de amor? En esa época llena de circunstancias particulares, lo simple era lo cotidiano y lo extraordinario se consideraba como una casualidad que, así como llegaba se iba a veces sin dejar huellas. Ese tiempo amigos míos, fue el formato que moldeo nuestras vidas hoy azotadas y disminuidas en términos de calidad y cantidad por la avasallante llegada de un progreso mercantilista que ha substituido los valores y hasta el propósito de vivir. Mi mente se retrotrae en el tiempo y la distancia al punto de que, a pesar de vivir en un país moderno, pero sin alma, jamás he dejado de estar con el cuerpo aquí y el alma allá.

Sin la intención de buscar culpables creo que los sobrevivientes de ese tiempo innegablemente mejor debiéramos, aunque fuera una vez hacer un convivio, hablar de nuestras experiencias pasadas, escuchar buena música, declamar algunos versos, escuchar la queja de una guitarra y permitirle a la imaginación un vuelo libre, más libre que el de Juan Salvador Gaviota, después de todo nadie nos podrá quitar lo vivido ni quejarse de que algún día la palabra tuvo cuerpo y la honradez alma. De mi parte siempre seguiré postulando que ese tiempo fue el mejor, sin celulares ni mensajes que se borran, sin recelos ni modernismos aplastantes, sin hacedores de opinión vendidos ni políticos rastreros, un tiempo en el cual se podía vivir, solo vivir.

. El autor es locutor, articulista y fue productor-conductor
del emblemántico programa romantico "Cien canciones
y un millón de recuerdos, transmitido por Radio Popular.