
San Juan de la Maguana, atrapada en una creciente contaminación sonora
Por ANULFO MATEO PEREZ
- Música a alto volumen, bocinas, vehículos ruidosos y ocupación de espacios públicos perturban el descanso y pueden favorecer estrés, irritabilidad y trastornos del sueño; residentes de Quijá Quieta y de las urbanizaciones de la Avenida de Circunvalación reclaman mayor acción de las autoridades.
SAN JUAN DE LA MAGUANA.- Cuando llega la noche y muchas familias esperan encontrar en sus hogares el descanso que no pudieron tener durante el día, en distintos sectores de esta ciudad comienza otra historia. Desde colmadones, negocios, vehículos, espacios públicos y residencias particulares se levantan sonidos que penetran puertas y ventanas y convierten la tranquilidad doméstica en una especie de lujo.
En Quijá Quieta y otros sectores, como los residenciales en toda la avenida de Circunvalación Monseñor Thomas F. Reilly, residentes se quejan de una situación que, pese a los operativos de la Unidad Antiruidos de la Policía Nacional, continúa formando parte de la vida cotidiana. Bocinas a todo volumen, motores, escapes modificados y equipos de sonido utilizados sin consideración por los vecinos mantienen despierta a una población que reclama algo elemental: poder descansar.
El fenómeno no es nuevo. El propio municipio dispone desde 2011 de una Normativa de Prevención y Control de Ruidos y Contaminación Visual, aprobada mediante la Ordenanza 02-11. Su propósito es establecer límites y mecanismos de control para proteger la calidad de vida de los munícipes.
También existen normas nacionales de protección contra ruidos que establecen niveles máximos permitidos y procedimientos de medición para fuentes fijas y móviles. Es decir, el problema no carece de legislación: lo que aparece como desafío es conseguir que las disposiciones existentes tengan una aplicación constante y efectiva.
El ruido excesivo tampoco debe reducirse a una simple molestia. Cuando se convierte en exposición repetida, particularmente durante las horas destinadas al sueño, puede afectar el descanso, aumentar la irritabilidad, dificultar la concentración y favorecer estados de tensión. En determinadas personas, ese estrés ambiental puede expresarse mediante síntomas físicos o psicosomáticos, aunque su manifestación y gravedad dependen de cada individuo.
El cuerpo humano necesita períodos de recuperación. Una noche interrumpida por música estridente puede traducirse al día siguiente en cansancio, somnolencia, mal humor y menor capacidad para trabajar o estudiar. Cuando la perturbación se repite durante semanas o meses, la situación deja de ser un episodio aislado y pasa a formar parte de las condiciones ambientales que afectan la calidad de vida.
El problema alcanza otra dimensión cuando se recuerda que la ciudad no es propiedad exclusiva de quienes poseen los equipos de sonido más potentes. El derecho de una persona a divertirse encuentra su límite en el derecho de otra a dormir, estudiar, conversar, trabajar o simplemente permanecer en paz dentro de su vivienda.
A esto se agrega el deterioro del espacio público. Aceras ocupadas por vehículos, mesas o actividades comerciales obligan a los peatones a caminar por las calles, mientras el tránsito aporta bocinas, motores y otros sonidos. El resultado es una combinación de contaminación acústica, desorden urbano y pérdida progresiva de los espacios destinados a la convivencia.
El Ayuntamiento tiene responsabilidades concretas en materia de ordenamiento del espacio público, tránsito, higiene y salubridad ambiental. Sus propias atribuciones incluyen normar y gestionar los espacios públicos y velar por condiciones adecuadas de saneamiento ambiental. Por eso, el control del ruido no puede descansar únicamente sobre los agentes policiales.
Los operativos de incautación de bocinas y equipos pueden ser necesarios, pero una política pública eficaz requiere también prevención, medición acústica, educación ciudadana, identificación de los puntos críticos y seguimiento a los establecimientos reincidentes. De lo contrario, después de cada operativo la ciudad puede volver rápidamente a la misma banda sonora.
San Juan de la Maguana necesita una estrategia permanente contra la contaminación sónica, con participación de la Alcaldía, Medio Ambiente, Policía Nacional, Ministerio Público y organizaciones comunitarias. No se trata de perseguir la música ni de convertir la ciudad en un lugar silencioso, sino de establecer límites civilizados que permitan la convivencia entre quienes desean divertirse y quienes necesitan descansar.
Porque una ciudad verdaderamente habitable no se mide solamente por sus calles, edificios y parques. También se mide por la posibilidad de que un niño pueda dormir, un enfermo recuperarse, un estudiante concentrarse y un trabajador descansar sin que una bocina ajena decida cuándo termina la noche. San Juan no necesita más ruido: necesita autoridad para hacerlo callar.
Base normativa utilizada: la normativa municipal de San Juan de la Maguana y las normas nacionales de protección contra ruidos disponibles en los repositorios oficiales y ambientales consultados.




