
Los riesgos de la automedicación
CATALEJO
Por ANULFO MATEO PEREZ
Hace más de tres décadas, el 22 de febrero de 1994, escribí sobre los riesgos de los medicamentos y advertí que el peligro no siempre estaba en el fármaco, sino en el uso que de él se hiciera. Hoy, con una farmacología mucho más amplia y compleja, aquella advertencia conserva plena vigencia.
En el caso de la medicación, el peligro está en la automedicación, la suspensión brusca de un tratamiento o la interacción entre varios fármacos, lo que puede generar efectos adversos graves. La Organización Mundial de la Salud considera los daños relacionados con medicamentos un importante problema de seguridad sanitaria.
Por eso, los especialistas insisten en la importancia de seguir las indicaciones médicas y no modificar las dosis sin orientación profesional. Parece una recomendación elemental, pero la práctica cotidiana demuestra que muchas personas convierten el botiquín familiar en una especie de consultorio de bolsillo.
La automedicación, aunque parezca inofensiva, puede convertirse en un riesgo real para la salud, especialmente en personas mayores o con enfermedades crónicas. A medida que aumenta el número de medicamentos utilizados, también crecen las posibilidades de interacciones, efectos adversos y errores en las dosis.
Pero hay un capítulo que merece particular atención: los psicofármacos, sedantes, hipnóticos, ansiolíticos, antidepresivos y antipsicóticos actúan sobre el sistema nervioso central y, por tanto, no son sustancias que deban manejarse según el consejo de un vecino, un amigo o el recuerdo de una receta antigua.
Las benzodiazepinas constituyen un ejemplo particularmente ilustrativo. Medicamentos utilizados para ansiedad, insomnio, determinados trastornos convulsivos y otras indicaciones pueden producir dependencia física, incluso cuando se emplean conforme a la prescripción. La FDA advierte, además, sobre los riesgos de abuso, uso indebido y abstinencia.
Suspenderlos de manera abrupta tampoco es una hazaña de voluntad. La reducción demasiado rápida puede provocar síntomas de abstinencia y, en determinados casos, convulsiones potencialmente graves. Por eso, la retirada de estos medicamentos debe obedecer a un plan individualizado establecido por el profesional que conoce al paciente.
Algo semejante debe recordarse respecto de los antidepresivos. No son medicamentos para comenzar, aumentar, reducir o abandonar caprichosamente. La interrupción puede producir síntomas de retirada y, en determinadas circunstancias, confundirse con el retorno de la enfermedad que motivó el tratamiento.
El problema adquiere otra dimensión en las personas mayores. Con frecuencia conviven hipertensión, diabetes, enfermedades cardiovasculares, trastornos del sueño, dolor y otras afecciones que obligan a utilizar varios medicamentos. Esa polifarmacia exige revisar periódicamente qué se toma, cuánto, para qué y hasta cuándo.
Y hay una regla que debería estar escrita en letras grandes sobre todo botiquín: el medicamento que le hizo bien a otra persona no necesariamente le hará bien a usted. Tampoco una dosis antigua conserva automáticamente su validez cuando cambian la edad, las enfermedades, otros tratamientos o las condiciones del organismo.
En mi experiencia en el ejercicio de la psiquiatría, he visto que detrás de muchos problemas aparentemente inexplicables puede encontrarse un medicamento mal utilizado, una combinación inconveniente o una suspensión realizada sin orientación. La medicina moderna ofrece recursos extraordinarios, pero ninguno convierte al paciente en su propio farmacólogo.
La automedicación, entonces, no es simplemente tomar una pastilla sin receta: es asumir decisiones terapéuticas sin conocer suficientemente sus consecuencias. El medicamento puede aliviar; utilizado sin criterio, también puede enfermar. Y cuando se juega con el cerebro, la imprudencia puede salir mucho más cara que la enfermedad.




