Opiniones

La prisión de la botella

Por ANULFO MATEO PEREZ

El alcohol acompaña a la humanidad desde tiempos remotos. En 1849, el médico sueco Magnus Huss introdujo el término alcoholismo para describir una enfermedad asociada al consumo crónico. La ciencia tardó en desmontar el prejuicio moral: no siempre se bebe por vicio; también se puede beber hasta quedar atrapado en una dependencia.

Hoy hablamos de trastorno por consumo de alcohol, una condición que compromete la salud física, la estabilidad emocional y las relaciones sociales. La Organización Mundial de la Salud (OMS) advierte que el alcohol es una sustancia tóxica, psicoactiva y capaz de generar dependencia, vinculada con más de 200 enfermedades y lesiones.

El psiquiatra español Francisco Alonso-Fernández distinguía el daño producido por la sustancia y la pérdida de libertad frente a ella. El primero se expresa en el deterioro biológico, psicológico y social; el segundo, en esa incapacidad de controlar el consumo, aunque sus consecuencias sean devastadoras. Cuando beber deja de ser una elección, la supuesta libertad se convierte en una celda.

También se ha descrito el alcoholismo secundario, relacionado con afecciones previas, como explicó mi profesor cubano Ricardo González Menéndez. En la práctica clínica, sin embargo, cada paciente exige una evaluación individual: no basta contar las copas; hay que investigar la dependencia, las enfermedades asociadas, el entorno familiar y el funcionamiento cotidiano.

El deterioro puede avanzar silenciosamente. Afecta el hígado, el sistema cardiovascular, el sueño, la memoria, el juicio y el control de los impulsos. En el ámbito social, alimenta conflictos familiares, accidentes, ausentismo laboral y violencia. La botella promete alivio inmediato, pero suele cobrar intereses en la salud y la dignidad.

La atención médica debe ajustarse a la gravedad del trastorno y a las condiciones del paciente. Hay tratamientos ambulatorios, programas intensivos e internamientos. El Instituto Nacional sobre el Abuso del Alcohol y el Alcoholismo de Estados Unidos (NIAAA) advierte que suspender abruptamente el consumo después de una ingesta intensa y prolongada puede desencadenar una abstinencia peligrosa, incluso convulsiones. La recuperación necesita acompañamiento profesional, no sermones.

La relación entre alcohol y suicidio merece especial atención. La OMS reconoce ambos como factores estrechamente vinculados con la conducta suicida. La intoxicación puede intensificar la impulsividad, alterar el juicio y agravar la desesperanza en personas sometidas a crisis económicas, rupturas sentimentales, dolor crónico o enfermedades graves.

El aislamiento, la violencia, el rechazo y la discriminación profundizan el sufrimiento. Las personas vulnerables no necesitan estigmas ni condenas; necesitan protección, escucha y acceso oportuno a los servicios de salud mental. Calificar al dependiente de irresponsable es una manera cómoda de evadir la complejidad de su padecimiento.

Un intento previo de suicidio constituye una señal de alarma fundamental. Ante ideas suicidas, amenazas o conductas autolesivas, se requiere evaluación profesional inmediata; si existe peligro inminente, la persona no debe quedarse sola y hay que procurar atención de emergencia. La familia puede ayudar, pero no debe cargar sola con una responsabilidad que también corresponde al sistema sanitario.

La prevención exige políticas públicas, educación socioemocional desde la adolescencia, regulación efectiva del alcohol y medios de comunicación que informen sin sensacionalismo. También requiere servicios accesibles para detectar tempranamente la dependencia y tratarla sin discriminación. La ciencia ofrece herramientas; la indiferencia social suele levantar los obstáculos.

El alcoholismo no se combate humillando al enfermo, sino devolviéndole la posibilidad de vivir. Una sociedad que celebra el consumo y desprecia al dependiente practica una hipocresía peligrosa: aplaude la primera copa y condena al hombre que ya no puede soltar la botella.

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