
A propósito del mundial de fútbol
Por MANUEL DE LOS SANTOS PATRICIO
(Dedico este artículo a mi profesor de Derecho, Dr. Ramón Martínez Portorreal)
La política terminó absorbiendo mis sentimientos por el deporte. Como dominicano, mis pasiones estaban orientadas hacia el béisbol, pero con el paso del tiempo se fueron desvaneciendo, hasta el punto de que dejó de importarme quién ganaba el campeonato de invierno o quién conquistaba la Serie Mundial.
Es oportuno observar que Haití, por su herencia colonial francesa, desarrolló una mayor inclinación hacia el fútbol. Es otra diferencia cultural entre los dos pueblos que comparten una misma isla.
Hoy, sábado 11 de julio, se disputa el último partido de los cuartos de final del Mundial de Fútbol 2026: Argentina vs. Suiza. A las 9:00 de la noche, hora de Santo Domingo, sonará el silbato inicial.
Y, aunque pueda parecer extraño, me gustaría que gane Suiza.
Es cierto que Argentina representa la gran esperanza latinoamericana en este Mundial. Además, siento una profunda admiración por Lionel Messi, no solo por sus extraordinarias cualidades futbolísticas, sino también por una decisión personal que tomó en 2023. Cuando dejó el fútbol francés, rechazó una oferta extraordinaria de Arabia Saudita, valorada en cientos de millones de dólares por temporada, y prefirió establecerse en Miami. Entendí esa decisión como una apuesta por el entorno cultural en el que deseaba que creciera su familia.
Sin embargo, he leído mucho sobre Rubén Vargas Martínez y todavía no he encontrado ninguna declaración suya sobre la República Dominicana. Pero, en realidad, eso no cambia mi admiración. Como ocurrió con otros grandes deportistas de ascendencia dominicana, como Alex Rodríguez, Mary Joe Fernández o el inmenso Félix Sánchez, la identidad familiar no siempre es una elección: también es una herencia que se lleva en los genes.
Por eso deseo que gane Suiza. Sería un motivo de orgullo para tantos dominicanos de ultramar y, al mismo tiempo, un estímulo para quienes viven aquí y para quienes, desde allende los mares, mantienen vivo el vínculo con la tierra de sus padres y sus abuelos.




