Opiniones

La clase dominante es entreguista y autoritaria, no heredera de Duarte

Por LILLIAM OVIEDO

Cuando en julio de 1978 Joaquín Balaguer llevó al Panteón Nacional los restos de Pedro Santana, como si
dialogara con el homenajeado, dijo: “…fuiste grande ante Haití, el mayor peligro que amenazaba en todas las
épocas la existencia de la República, y esos laureles, aunque manchados de la anexión deben bastar por sí
solos para otorgarte el derecho de ocupar un sitial preeminente en el Olimpo de nuestros dioses”.

Balaguer pudo haber pretendido que las futuras generaciones exaltaran su figura a pesar de que encabezó
gobiernos caracterizados por la represión y el servilismo, pero no actuó a título personal, sino en nombre de la
clase dominante y en cumplimiento de la misión de presentar como necesarios el entreguismo y la obediencia
al poder hegemónico a nivel global.

Como palabrería hay que calificar, pues, las declaraciones en homenaje a Duarte de quienes, hace apenas unos días, tutelados por las agencias de inteligencia de Estados Unidos (la CIA sigue en las suyas) aprobaron una ley que faculta al presidente de la República y a la (creada o retocada) Dirección Nacional de Inteligencia (DNI) para
desconocer el derecho a la protesta e impedir que sean denunciados los desmanes contra la población. La soberanía, a juicio del patricio nacido el 26 de enero de 1813, es innegociable.

El artículo 17 de la Constitución elaborada por él, expresa: “Debiendo ser la Nación dominicana, como se ha dicho en el artículo 6, siempre libre e independiente, no es ni podrá ser jamás parte integrante de ninguna otra Nación, ni patrimonio de familia ni de persona alguna propia y mucho menos extraña”.

La clase dominante hoy utiliza eufemismos para denominar la construcción de una verja perimetral en la
frontera con Haití, que es un muro y que afianza el control de estrategas yanquis y agentes israelíes sobre
esa zona; la entrega al Comando Sur del Puerto de Manzanillo y otras acciones que son de orientación
santanista, no duartiana.

En el plano puramente ideológico, el expresidente Hipólito Mejía, quien envió soldados a Irak en el año
2003, no tiene reparo en autodefinirse como “un lacayo del imperialismo yanqui”, y el expresidente Leonel
Fernández, quien envió policías a Kosovo en el año 2000, declaró que este país es parte del traspatio de Estados
Unidos. De Danilo Medina, hay que recordar que no tuvo reparo en reconocer que Mike Pompeo, como secretario de Estado de Estados Unidos, cambió con una llamada su accionar político.

Duarte concibió la necesidad de forjar un Estado independiente en esta parte de la isla y expresó su
posición con los niveles de subjetividad que le imponía su formación. Por eso, a su principal proclama en tal sentido le coloca delante una declaración: “Yo admiro al pueblo haitiano desde el momento en que, recorriendo las páginas de su historia, lo encuentro luchando desesperadamente contra poderes excesivamente
superiores y veo cómo los vence y cómo sale de la triste condición de esclavo para convertirse en nación libre e
independiente. Lo reconozco poseedor de dos virtudes eminentes: el amor a la libertad y el valor”.

¿Qué pueden decir sobre esto quienes niegan que la rebeldía es un valor y la lucha por la soberanía y la
autodeterminación es un deber?

La continuidad del abuso y del squeo

Es indignante que grupos con sello parapolicial como la Antigua Orden Dominicana y franquicias electoreras
como la derechista Fuerza Nacional Progresista utilicen la imagen de Duarte para consentir y protagonizar acciones como la de declarar ilegales y negar derechos a miles de personas y para impedir, de facto, manifestaciones públicas de quienes son reprimidos por su condición de raza o de color.

A las leyes aprobadas por gobiernos anteriores hay que agregar la disposición de Luis Abinader de dar
continuidad al abuso.

¿Qué otro nombre se puede dar a las repatriaciones de parturientas y a su declaración de que no adquirió
vacunas contra la COVID-19 para haitianos sino solo para dominicanos? El descaro y el desconocimiento de la
dignidad humana se conjugan.

Luis Abinader es el presidente que da continuidad a programas de repatriación cuyos efectos los medios de
comunicación no se ocupan de detallar, porque las víctimas son pobres. ¿Cuántas personas han muerto de
golpes y otras lesiones recibidas en los camiones llenos de seres humanos a quienes simplemente se les llama
ilegales? ¿Cuántas personas han contraído enfermedades tras recibir un culatazo o un empujón al ser colocadas
como paquetes en un vehículo? ¿Qué tratamiento reciben en esos viajes forzosos las personas ancianas o
enfermas, las embarazadas y los niños?

En la Constitución redactada por Duarte no hay explicación justificativa para el maltrato y el abuso contra
personas de nacionalidad alguna. Como detalle significativo, hay que destacar la honradez
de Duarte.

En abril de 1844 la Junta Gubernativa asignó mil pesos para una misión a Baní que él encabezaría, y, tras
concluir, Duarte devolvió 827 pesos al erario porque solo gastó 173. Las cuantiosas fortunas que exhiben los politiqueros de hoy, quienes utilizan paraísos fiscales, desvían fondos para cuentas fantasmas y trafican influencias, constituyen, en sí mismas, un mentís para su falaz devoción por Duarte, quien, en julio de 1876, cuando falleció en Caracas, Venezuela, no poseía fortuna.

No actuó Balaguer a título personal al llevar a Santana al Panteón Nacional y menos al presentarlo como un
exitoso militar cuando durante décadas había presentado a Duarte como un inútil santurrón, ocultando que fue un conspirador y que jamás validó la obediencia al poder opresor.

La clase dominante es integralmente santanista y negadora de la herencia de Duarte. El rescate de las ideas y de los componentes humanísticos del pensamiento del prócer corresponde al pueblo e implica la confrontación
con esa clase entreguista, fascistoide, atrasada y saqueadora.

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