
¿Qué hará la Justicia en Baní tras el cierre del establecimiento «Sinaloa Drink»?
Por JAVIER PEGUERO
- Además del sugerente nombre, que hace un guiño a la estado mexicano que lleva el mismo nombre, considerado un asentamiento importante del narcotráfico.
SANTO DOMINGO- En República Dominicana el tema de la exaltación de capos del narcotráfico toca varias dimensiones: el marco jurídico, la responsabilidad social y mediática, y el impacto cultural.
El tema es de mucha actualidad, tras el cierre de un establecimiento en esta ciudad, que se planeaba iniciar sus servicios en los próximos días. Se trata del «Drink Sinaloa», intervenido por la Dirección Nacional de Control de Drogas (DNCD), junto a otras entidades policiales y el Ministerio Público.
La víspera, intervinieron el referido «Drink», que se preparaba para abrir sus puertas este sábado 6 de septiembre, con planes, incluso, de extender sus actividades hasta el amanecer del domingo, lo que ha causado un gran escándalo y mucha inquieta en la población banileja y el país.
La propiedad allanada está ubicada en el mismo corazón del barrio Santa Rosa, al sureste de esta ciudad sureña, justo en la calle Genoveva Miniño. Tenía junto al nombre del “drink” tenía fotos de Joaquín “El Chapo” Guzmán, ex líder del Cartel de Sinaloa; Dámaso López Núñez; Ismael “El Mayo” Zambada; y Jhon Jairo Vásquez, alias “Popeye”.
La exaltación de los capos: una afrenta a la ley y a la sociedad dominicana
En República Dominicana existe un marco legal claro: la Constitución, la Ley 50-88 sobre Drogas y Sustancias Controladas y el Código Penal sancionan cualquier forma de apología del crimen.
Sin embargo, en la práctica, asistimos a un fenómeno inquietante: la exaltación de capos del narcotráfico como si fueran héroes populares, figuras de admiración o símbolos de éxito.
La paradoja es grotesca. Quien envenena a comunidades enteras, financia la violencia y corroe las instituciones, termina retratado en canciones, redes sociales y hasta en homenajes barriales como un referente de poder y “superación”. La narcocultura avanza entre jóvenes que, en lugar de ver a un delincuente, ven en el capo a un modelo aspiracional.
Aquí se desnuda la complicidad cultural: medios que buscan rating con entrevistas a familiares de capos, artistas que convierten sus vidas en letras musicales y comunicadores que, en vez de desmontar la mentira del “dinero fácil”, la celebran con un guiño. ¿Qué mensaje recibe la juventud marginada? Que delinquir rinde frutos, que la cárcel es un trofeo y que la muerte violenta otorga prestigio.
La exaltación pública de estos personajes es, en el fondo, una forma de instigación indirecta al delito. No se trata de censurar expresiones artísticas o periodísticas, sino de recordar que la libertad de expresión no es un cheque en blanco para glorificar la criminalidad. Cuando se convierte en espectáculo la vida de quienes destruyen familias y territorios, se traiciona el espíritu de la ley y se hiere la conciencia nacional.
El Estado, los medios de comunicación y los líderes comunitarios tienen una tarea ineludible: desmontar la narrativa falsa del capo como héroe. La verdadera grandeza no está en la ostentación de riquezas mal habidas, sino en la dignidad del trabajo honesto, en el esfuerzo académico, en la superación con méritos.
La sociedad dominicana no puede seguir mirando con indiferencia cómo se cultiva la semilla de la admiración hacia los narcotraficantes. Porque cuando un país comienza a venerar a sus verdugos, pierde no solo la legalidad, sino también su alma moral.
¿Qué hará la Justicia en Baní, tras el cierre del establecimiento «Sinaloa Drink»?




