Opiniones

La fotografía «perdida» del doctor Alejandro Cabral

Por ANULFO MATEO PEREZ

Por más que avance el tiempo y las ciudades cambien de rostro, hay nombres que permanecen adheridos a la memoria colectiva como si fueran parte de las piedras fundacionales de un pueblo. En San Juan de la Maguana, uno de esos nombres es el del doctor Alejandro Cabral y de León, primer médico graduado de esta provincia y figura esencial en la historia de la medicina sureña.

Hablar del doctor Cabral no es únicamente recordar a un profesional de bata blanca y estetoscopio. Es también evocar una época en la que el médico era consejero, boticario, amigo de los pobres y centinela de la vida en comunidades donde la salud dependía más de la vocación humana que de la tecnología hospitalaria.

La vieja calle Santomé, cargada aún de resonancias históricas, fue escenario principal de su vida profesional y familiar. Allí estableció su farmacia y una Sala de Socorros que funcionó como refugio sanitario para generaciones de sanjuaneros, en tiempos en que todavía no existían los grandes hospitales modernos ni las facilidades asistenciales que hoy, pese a todo, siguen siendo insuficientes.

Aquella Sala de Socorros no era simplemente un dispensario. Era el símbolo de una medicina ejercida con sentido apostólico, donde el paciente importaba más que el expediente y la urgencia humana tenía prioridad sobre la burocracia.

Las crónicas de la época sitúan también a la familia Cabral en las proximidades de la calle Independencia y de la antigua Plaza de Armas, hoy Parque Sánchez, espacio donde convergía la vida social, política e intelectual de la élite sanjuanera de mediados del siglo pasado. Descendiente del general José María Cabral y Luna, el doctor Alejandro Cabral pertenecía a una familia vinculada estrechamente a la historia nacional.

Sin embargo, más allá de los apellidos ilustres, su verdadero abolengo estuvo en el servicio.

En la sección La Culata germinó además una de las iniciativas médicas más avanzadas de la región Sur para aquella época. Allí funcionó la clínica inspirada por el doctor Cabral, donde, según testimonios atribuidos al doctor Francisco Moscoso Puello, se utilizó por primera vez el suero fisiológico en esta parte del país. Ese dato, aparentemente técnico, revela la dimensión innovadora de un hombre que ejercía la medicina cuando la ciencia apenas comenzaba a abrirse paso entre caminos polvorientos y limitaciones materiales.

Décadas después, en 1967, el antiguo Hospital Santomé pasó a llamarse Hospital Regional Docente Dr. Alejandro Cabral, perpetuando oficialmente su nombre en una de las principales instituciones sanitarias del Sur dominicano. Un reconocimiento merecido para quien dedicó su vida a aliviar dolores ajenos.

Pero la memoria institucional suele ser frágil en sociedades acostumbradas a olvidar con rapidez a sus mejores hombres.

Una fotografía del doctor Alejandro Cabral permanecía colocada en el lobby de ese hospital que lleva su nombre. De pronto, desapareció. Nadie explica. Nadie responde. Tal vez terminó abandonada en algún depósito oscuro, entre papeles viejos y objetos inservibles. Lo más grave no es la pérdida física del retrato; lo verdaderamente doloroso es el símbolo del descuido histórico que representa.

Y no ha sido el único caso

También desaparecieron las imágenes del siempre apreciado pediatra Julián Duval y del doctor Juan Santos De la Cruz, gineco-obstetra, figuras igualmente ligadas al ejercicio digno de la medicina en San Juan.

Cuando el doctor Rolando Cuello, entonces subdirector de es centro de salud, sugirió colocar una placa en la Unidad de Psiquiatría de ese hospital con mi nombre, luego de mi jubilación, le di las gracias, pero me opuse, para que no sucediera lo mismo conmigo.

En otros centros de salud, como es el caso del Centro Médico Anacaona, cuyo edificio llevaba el nombre del distinguido colega y amigo doctor Julio Méndez Puello (Achin), la placa con su nombre durante la remodelación de su estructura física despareció, sin que se sepa que destino tuvo.

El doctor Achín fue el que tuvo la idea de crear esa institución de salud y sugirió que fuera erigido por 12 miembros accionistas, como el número de los apóstoles que acompañaron a Jesús,

Cuando un pueblo comienza a perder los rostros de quienes construyeron sus instituciones, corre el riesgo de perder también parte de su identidad.

Las fotografías en hospitales, escuelas o edificios públicos no son adornos decorativos. Son fragmentos de memoria. Son recordatorios silenciosos de sacrificios, desvelos y aportes colectivos. Retirarlas con indiferencia equivale, en cierto modo, a borrar de forma mezquina capítulos enteros de la historia local.

San Juan necesita preservar no solo sus edificios antiguos o sus tradiciones culturales, sino también la memoria moral de sus hombres y mujeres ejemplares.

Porque los pueblos que olvidan a sus médicos humanistas, a sus maestros y a sus servidores auténticos, terminan enfermando de una dolencia mucho más peligrosa que cualquier epidemia: la amnesia histórica.

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