
¡Barbosa, el que nunca se equivoca!
Por LUIS RAMON DE LOS SANTOS (Monchín)
Revisando mis viejos y amados papeles encontré uno que data del 17 de diciembre del año 1983, confieso que tuve que afinar la vista para poder leerlo, creo que los apuntes los hice mientras iba hacia mi trabajo en la ciudad de Nueva York montado en uno de los trenes que le daban servicio al condado de Manhattan, el papel amarillento por el inclemente paso de los años y la letra prácticamente indescifrable no me permitió asimilar completamente lo que decía sin embargo tras una larga y tediosa revisión pude entender que ese escrito versaba sobre uno de mis personajes sanjuaneros preferidos: RANDOLPH RICHARD HYES (alias Barbosa), así como se lee.
En San Juan donde vivió y reinó nadie lo conoció por ese nombre, había nacido en una de las islas del caribe bajo el dominio ingles en el año 1921, llegó a nuestro país con sus padres en el 1931, estos fueron obreros de las plantaciones de caña en la zona este de nuestro país, no se supo nunca cómo y por qué se estableció en nuestra ciudad, lo cierto e innegable es que nuestro personaje fue extremadamente popular y querido hasta el punto en que se le conoció como «el que no se equivoca».
En mis años mozos lo vi recorrer las calles de mi ciudad con una infaltable botella de Bay Rum en uno de los bolsillos traseros del pantalón, completaba su indumentaria con una especie de boina marrón y una guitarra con la que acompañaba sus interpretaciones etílicas, era zurdo y cojo, cara de melón y ojos amarillentos, dentro de la boca había una ausencia casi total de «habitantes…»
Fue un excelente mecánico de bicicletas, creo que era el único en San Juan, tenía su taller en una casa que había construido en la parte baja de la calle Mella, la misma que fue vendiendo tabla a tabla cada vez que el cuerpo le pedía un trago.
Sus anécdotas se cuentan por decenas, una de las más socorridas es cuando el dueño de un bar lo denuncio en la policía por irse sin pagar un pote de ron, para la época comandaba la fortaleza el temible coronel Alcántara, hombre de horca y cuchillo, a quien le fue enviado el prisionero, este le pregunto la razón de su detención y nuestro personaje, que de pendejo no tenía un pelo, le dijo: «Jefe me llevaron preso porque dije viva Trujillo y viva mi coronel Alcántara, parece que el dueño de ese bar no es trujillista y además no quiere saber de usted». Lo que pasó después, ya se lo pueden imaginar.
Otro de los líos de los que salió indemne fue cuando le rompió en la cabeza una guitarra al conocido trovador Juan Clavellina, entre ambos había nacido una peligrosa rivalidad dado que Clavellina acusaba a nuestro personaje de ser extranjero sin papeles, ambos fueron llevados a la policía con la suerte para nuestro amigo de que el comandante de la plaza le propuso no enviarlos a la justicia si este le arreglaba una máquina de escribir a las que se le habían atascado algunas letras.
Dicho y hecho; el amigo de marras desarmó por completo la vieja maquinilla, pero cuando empezó a armarla notó que algunas piezas no encajaban y otras no se encontraban, el comandante sudaba frio, ya que esta era la única que había en el cuartel. Tras varias horas tratando de componerla, el amigo llama al oficial y le dice: «Mire jefe la única letra que no encuentro es la eñe y como la eñe para lo único que sirve es para escribir coño y usted es un hombre muy decente, dejemos esa vaina así».
Una tarde corrió el rumor en todo San Juan de que Randolph Richard Hyes había vomitado la sangre muriendo casi de inmediato, sus vecinos habían dado la voz de alarma y cuando fueron a socorrerlo ya había expirado. El velatorio y posterior enterramiento fue un verdadero acontecimiento fúnebre; allí acudieron trovadores y amigos a rendirle homenaje y a despedirlo como él siempre quiso, con música, pitrinche y Bay Rum hervido con azúcar, yo le agregaría como epitafio, una frase elaborada por él: “¡Barbosa, el que nunca se equivoca!”.




