Opiniones

Dormir no es apagar el cerebro

Por ANULFO MATEO PEREZ

Dormir no significa simplemente cerrar los ojos y desconectarse del mundo. El cerebro permanece extraordinariamente activo, atravesando una compleja sucesión de estados neurofisiológicos que permiten la recuperación del organismo, la consolidación de la memoria y la regulación de numerosas funciones mentales y corporales.

El sueño se organiza en ciclos de aproximadamente 90 a 120 minutos, que alternan fases NREM —sueño no paradójico u ortodoxo— y REM, denominado paradójico por presentar un cerebro eléctricamente activo mientras el cuerpo permanece en una marcada inhibición muscular. El NREM comprende las fases N1, N2 y N3; esta última corresponde al sueño de ondas lentas, particularmente importante para la recuperación.

No se trata, por tanto, de una sucesión uniforme. A lo largo de la noche cambian la actividad eléctrica cerebral, el tono muscular, la respiración, la frecuencia cardíaca y la actividad autonómica. El sueño profundo predomina más temprano, mientras los períodos REM tienden a prolongarse hacia la segunda mitad de la noche. Interrumpir repetidamente esta arquitectura significa alterar una organización biológica que no funciona por capricho.

Aquí aparece un problema frecuente, particularmente en las personas envejecientes: levantarse varias veces durante la noche para orinar. La nocturia puede fragmentar el sueño y dificultar que el individuo recupere con normalidad las diferentes fases. En la vejez, además, el sueño suele hacerse más ligero, con menos sueño profundo y más despertares, por lo que cada interrupción puede adquirir mayor importancia.

De ahí una recomendación sencilla, aunque no absoluta: evitar ingerir grandes cantidades de líquidos durante las horas inmediatamente anteriores al acostarse. Como medida práctica, puede procurarse que la mayor ingesta de líquidos ocurra durante el día y reducirla aproximadamente tres horas antes de dormir, sin caer en una restricción excesiva que provoque deshidratación. Si la persona se levanta reiteradamente a orinar, hay que investigar también sus causas médicas.

Lo digo no solamente desde la literatura médica, sino desde mi experiencia en el ejercicio de la psiquiatría. He observado cómo una noche aparentemente «mala» puede traducirse al día siguiente en irritabilidad, cefalea, somnolencia, disminución de la concentración, lentitud mental, alteraciones de la memoria inmediata y menor capacidad para organizar adecuadamente las actividades cotidianas.

El problema adquiere otra dimensión en pacientes con epilepsia. El sueño y la epilepsia mantienen una relación bidireccional: determinadas alteraciones del sueño pueden favorecer la actividad epiléptica, mientras las propias descargas y crisis pueden modificar la arquitectura normal del dormir. La evidencia neurofisiológica muestra que el sueño inestable y fragmentado puede facilitar la actividad epiléptica en determinadas circunstancias.

Algo semejante merece consideración en personas con enfermedad cerebrovascular de pequeños vasos, lesiones cerebrales u otras afecciones neurológicas. No significa que cada despertar nocturno produzca daño cerebral, sino que un cerebro previamente vulnerable puede tolerar peor la fragmentación persistente del sueño. En estos casos, la calidad del descanso debe formar parte de la valoración clínica integral y no ser despachada como una simple «costumbre de viejo».

¿Y cómo sospechar que el sueño no está cumpliendo adecuadamente su función? Cuando alguien despierta sin sensación de descanso, permanece embotado, somnoliento o irritable, tiene dificultades para concentrarse, olvida cosas recientes, necesita dormir durante el día o comienza sus actividades con una fatiga desproporcionada, conviene preguntarse qué ocurrió durante la noche. El síntoma matutino puede ser la huella de un sueño fragmentado.

En las personas mayores esto merece particular atención porque el envejecimiento modifica naturalmente la arquitectura del sueño: disminuyen el sueño de ondas lentas y, en cierta medida, el REM, mientras aumentan los despertares y el tiempo despierto después de conciliar el sueño. Pero una cosa es el cambio fisiológico propio de la edad y otra muy distinta aceptar como «normal» un sueño persistentemente deficiente.

Por eso conviene mirar el sueño con la misma seriedad con que se mira la presión arterial, la glucemia o la memoria. No todo despertar es enfermedad, ni toda nocturia exige el mismo tratamiento. Pero cuando el sueño pierde continuidad y el día comienza con un cerebro cansado, la alarma ya está sonando.

Dormir no es perder tiempo: es darle al cerebro el tiempo que necesita para seguir siendo cerebro.

Publicaciones relacionadas

Botón volver arriba