
Asfixiar en nombre de la libertad
Por ANULFO MATEO PEREZ
La crítica no es refugio de la mezquindad ni La celebración del mal ajeno. Es conciencia que denuncia injusticias, desmonta falsos ídolos y defiende el bien colectivo. Cuando se arrodilla ante el poder, deja de ser crítica y se convierte en complicidad.
En República Dominicana, el alto costo de la vida, los salarios insuficientes, la inseguridad ciudadana y las deficiencias de los servicios públicos desnudan la distancia entre propaganda y realidad. Gobernar no es inaugurar obras, sino transformar las condiciones materiales de la gente.
¿Quién paga los errores oficiales y quiénes disfrutan los privilegios? Mientras las mayorías hacen malabares para sobrevivir, el clientelismo y la corrupción oficial devoran recursos y la desigualdad se reproduce. La pobreza no se derrota con discursos ni con fotografías de funcionarios sonrientes.
Esta responsabilidad crítica también alcanza a Washington. Donald Trump recrudece la presión sobre Cuba mediante sanciones y restricciones que dificultan sus operaciones financieras, el comercio y el acceso a recursos esenciales. La asfixia económica pretende doblegar a una nación castigando, sobre todo, a su población.
Combustibles, alimentos, medicamentos y equipos indispensables sufren los efectos de las dificultades de abastecimiento y de las barreras financieras. Los apagones y la precariedad cotidiana tienen múltiples causas, incluidas deficiencias internas derivadas del bloqueo, pero las sanciones agravan los obstáculos.
Washington invoca la «libertad» mientras mantiene mecanismos coercitivos contra Cuba. ¿Qué «democracia» se construye agravando las privaciones de millones de personas? Ninguna diferencia política justifica utilizar las necesidades humanas como instrumento de presión ni imponer desde el exterior el destino de una sociedad.
La historia cubana es una prolongada lucha por la independencia frente al colonialismo español. Desde Carlos Manuel de Céspedes hasta José Martí, Antonio Maceo y Máximo Gómez, los libertadores y el Ejército mambí libraron sacrificios extraordinarios para conquistar la soberanía. Aquella resistencia inscribió en la conciencia nacional el derecho irrenunciable de Cuba a decidir su destino.
Venezuela también conoce las consecuencias de las sanciones y la confrontación estadounidense. Mientras China disputa la supremacía económica y tecnológica, y Rusia desafía el predominio occidental, las grandes potencias invocan principios según sus intereses. El derecho internacional, sin embargo, no puede ser obligatorio para los débiles y opcional para los poderosos.
Simón Bolívar encabezó la lucha emancipadora que quebró el dominio colonial español y defendió la unidad y soberanía de Nuestra América. Siglos después, Hugo Chávez reivindicó ese legado, impulsando un proyecto político que proclamó la independencia nacional frente a las pretensiones hegemónicas. Las controversias sobre sus respectivos legados no borran la centralidad histórica de la soberanía venezolana.
República Dominicana sufrió la ocupación estadounidense de 1916 y la invasión de 1965. Esa memoria obliga a defender la soberanía y la no intervención. La cercanía con Washington exige firmeza y dignidad, no obediencia. Defender la autodeterminación de Cuba y Venezuela es hacer lo propio respecto a la nuestra y la de todas las naciones.
Criticar responsablemente tiene costos, pero callar ante el abuso despeja el camino a la impunidad. La democracia necesita periodistas que investiguen, ciudadanos que cuestionen y gobernantes que rindan cuentas. La adulación nunca ha sido virtud cívica.
La razón y la solidaridad combaten la sumisión. Criticar al poder dominicano y denunciar la asfixia económica contra Cuba responden a un mismo principio: ningún poder está por encima de la dignidad humana. Quien aprieta el cerco contra un pueblo termina asfixiando también su propia credibilidad.



