Opiniones

Brindis por la tragedia

Por ANULFO MATEO PEREZ

Mientras el país debate derechos y libertades, el alcohol continúa cobrando vidas con una eficacia que ninguna política pública ha logrado contener. El precio lo pagan familias destrozadas, hospitales saturados y cementerios cada vez más poblados.

El alcoholismo no es una simple costumbre social. Es una enfermedad que destruye el hígado, el cerebro y el corazón, deteriora la salud mental y puede reducir la esperanza de vida en más de dos décadas.

El nuestro, figura entre los países con mayor mortalidad por accidentes de tránsito en América Latina. Una parte de esas tragedias ocurre por conductores ebrios, una mezcla letal de irresponsabilidad y permisividad.

El TC anuló el decreto que limitaba los horarios de expendio de bebidas alcohólicas por razones jurídicas, no porque considerara saludable beber hasta el amanecer. Esa diferencia parece haber pasado inadvertida para muchos.

Ahora el Congreso debe llenar ese vacío con una ley que concilie libertades individuales con el derecho colectivo a la vida. La Constitución protege ambos valores, no solamente el negocio del alcohol.

En EE.UU., casi en todos los estados fijan horarios límites estrictos y castigan con severidad conducir ebrio. En muchas ciudades también está prohibido consumir alcohol en parques, aceras y otros espacios públicos.

Aquí, por el contrario, abundan las aceras convertidas en bares, los parques en cantinas y las bocinas en verdugos del descanso ciudadano. Parecería que el desorden hubiese sido elevado a patrimonio nacional.

Regular horarios, prohibir el consumo en espacios públicos abiertos y endurecer las sanciones por conducir ebrio no limita derechos; protege vidas. Quien confunda autoridad con permisividad terminará brindando por otra tragedia anunciada.

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