Opiniones

Medios: ¿informar o domesticar?

CATALEJO

Por ANULFO MATEO PEREZ

Los medios de comunicación dejaron hace tiempo de ser simples ventanas para mirar la realidad. También pueden convertirse en espejos deformantes que muestran aquello que conviene a determinados intereses. Quien controla la información dispone de una poderosa herramienta para influir sobre la conciencia social. Y una sociedad desinformada puede ser fácilmente conducida hacia donde otros decidan.

La salud mental tampoco escapa a esa maquinaria. La exposición permanente a violencia, tragedias, guerras, escándalos y conflictos genera miedo, ansiedad e irritabilidad. El ciudadano recibe diariamente una avalancha de estímulos que muchas veces no puede procesar. La información, cuando carece de límites, puede terminar intoxicando tanto como la desinformación.

Pero existe algo todavía más peligroso: la distracción deliberada. Mientras la población discute una polémica fabricada, pueden pasar inadvertidas decisiones económicas, políticas o sociales de enorme trascendencia. El espectáculo ocupa entonces el lugar del análisis. Pan y circo, en versión digital y con conexión de alta velocidad.

La política sabe aprovechar esta debilidad. Un escándalo puede desplazar una denuncia de corrupción; una pelea entre dirigentes puede ocultar una crisis social; una declaración estridente puede sepultar una discusión sobre pobreza, educación o salud. No siempre es necesario prohibir una verdad incómoda. A veces basta con inundar el espacio público de asuntos irrelevantes.

La ideología también está presente, aunque algunos medios pretendan ser propietarios exclusivos de la objetividad. Elegir qué noticia abre un periódico, cuál aparece en primera plana y cuál desaparece en una esquina también es una decisión política. La manipulación puede consistir tanto en mentir como en ocultar, minimizar o repetir hasta el cansancio una determinada interpretación.

La deformación cultural constituye otra consecuencia preocupante. Cuando los medios convierten el consumo, la ostentación, la fama y el dinero en sinónimos de éxito, contribuyen a empobrecer las aspiraciones colectivas. La cultura deja de ser conocimiento, identidad y creación para convertirse en mercancía. Y un pueblo que desprecia su propia cultura termina comprando hasta la forma de pensar.

Por eso, utilizar Internet para el desarrollo intelectual exige disciplina. Leer no basta: hay que comparar, investigar, verificar y preguntarse quién habla y con qué propósito. El ciudadano debe convertirse en sujeto activo del conocimiento y no en consumidor obediente de titulares. Pensar críticamente es una forma de libertad y, quizá, una de las más importantes.

La inteligencia artificial agrega una herramienta de enorme potencial. Puede ayudar a investigar, resumir documentos, comparar ideas, explicar materias complejas, traducir textos y facilitar procesos educativos. Para estudiantes, periodistas, investigadores y profesionales puede convertirse en un formidable instrumento de trabajo. Pero ninguna máquina debe recibir el encargo de pensar completamente por nosotros.

También hay peligros. La IA puede reproducir errores, sesgos y falsedades con una apariencia de autoridad que engañe al desprevenido. Imágenes, voces y videos artificiales pueden fabricar realidades inexistentes. De ahí que la nueva alfabetización no deba limitarse a saber utilizar tecnologías: hay que aprender a verificar aquello que esas tecnologías producen.

El desafío consiste en recuperar el dominio sobre nuestra propia atención. Informarse no significa permanecer conectado las veinticuatro horas; tampoco significa convertir cada polémica en una batalla personal. Leer buenos libros, estudiar, contrastar opiniones y reservar momentos para el silencio son ejercicios de higiene intelectual. Una mente permanentemente bombardeada difícilmente podrá producir pensamiento independiente.

Los medios pueden informar, educar y contribuir al progreso democrático, pero también pueden manipular, distraer y domesticar. Internet puede abrir una biblioteca universal o convertirse en un vertedero de estupideces; la IA puede multiplicar nuestras capacidades o atrofiarlas si renunciamos a pensar. La tecnología no decide por nosotros. Pero quien controle nuestra atención tendrá una oportunidad de decidir qué pensamos. Y ahí comienza el verdadero peligro.

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