
Islas de poder en la UASD
Por EMMANUEL ABREU REYES
La Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD) se proclama, con razón, como un bastión del pensamiento democrático. Pero una cosa es enseñar democracia en las aulas y otra muy distinta practicarla en los espacios de poder. En algunos de sus estamentos han surgido verdaderas islas de poder, donde el liderazgo parece transmitirse de mano en mano entre grupos que convierten las posiciones institucionales en patrimonio político particular.
Durante mi participación en FAPROUASD, como encargado de ARS durante la administración de Santiago Guillermo, pude observar comportamientos que poco tienen de democráticos. Cuando algunos adversarios cuestionaron aquella dirección, no siempre pareció importarles transformar las estructuras, sino sustituir al ocupante de la silla. El viejo “quítate tú para ponerme yo” terminó imponiéndose como filosofía política. Cambia el nombre, pero permanece el método.
En la Asociación de Profesores y en el Club de Profesores también se ha evidenciado una dinámica preocupante: gana uno la presidencia y otro, perteneciente al mismo grupo o corriente, ocupa la vicepresidencia. Dos años después, el vicepresidente aparece encabezando una plancha ganadora. Y así, mediante una sucesión cuidadosamente articulada, puede consolidarse una estructura cerrada de poder. La elección existe, pero la alternabilidad real comienza a desaparecer.
Algo parecido, según mi percepción, se intentó reproducir en la Asociación de Profesores Retirados y Jubilados de la UASD (APREJUASD). La derrota de una plancha no debería provocar pataleos ni maniobras para desconocer la voluntad de los afiliados. En democracia se gana y se pierde. Quien ocupa temporalmente una función no adquiere la propiedad de la organización ni de sus recursos. Pretender lo contrario es confundir representación con dominación.
Y aquí aparece un asunto todavía más delicado: el manejo de los fondos colectivos. Los recursos de APREJUASD, como los de cualquier organización de afiliados, requieren transparencia, controles y rendición de cuentas. Los viajes, gastos y representaciones deben estar sometidos al escrutinio de quienes aportan esos recursos. Nadie puede comportarse como dueño de una caja que pertenece a una colectividad. La democracia también se mide por cómo se administra un peso ajeno.
El problema tampoco parece circunscribirse a una organización determinada. En otros estamentos universitarios existen mecanismos electorales susceptibles de favorecer la permanencia de determinados grupos. Por eso sería saludable revisar el sistema y considerar elecciones locales mediante sumatoria de votos, como ocurrió anteriormente en FAPROUASD. Cuando las reglas electorales se modifican para facilitar la reelección, la democracia termina convertida en una escalera construida para que siempre suban los mismos.
El caso del Plan de Retiro resulta igualmente revelador. Que una persona permanezca más de 25 años en una posición institucional, independientemente de sus méritos y capacidades, obliga a formular una pregunta elemental: ¿dónde queda la alternabilidad? La experiencia es valiosa, pero no puede convertirse en argumento para eternizarse. Ninguna institución verdaderamente democrática debería depender de personas indispensables. Cuando alguien se vuelve imprescindible, quizá el problema ya no sea la persona, sino la institución.
La UASD necesita desmontar esas pequeñas repúblicas personales que pueden crecer dentro de una institución que pertenece a todos. Necesita elecciones limpias, alternabilidad, controles, transparencia y respeto a los resultados. Porque la democracia universitaria no puede reducirse a votar cada cierto tiempo mientras los mismos grupos se reparten las posiciones. Cuando el poder se eterniza, la democracia se jubila antes que sus dirigentes.




