Opiniones

Educación e ingresos: Lo que revela el mercado laboral dominicano

LECTURAS ACADÉMICAS

Por BERNARDO HIRAN SANCHEZ MELO

En los últimos días se ha desatado un debate público en torno a una pregunta que merece ser examinada con datos: ¿seguirá siendo necesaria la universidad en una economía transformada por la inteligencia artificial?

El debate es pertinente. Las universidades no pueden permanecer ajenas a la inteligencia artificial, la automatización, la digitalización ni a los cambios en las competencias que demanda el mercado de trabajo. Pero tampoco conviene convertir esa transformación en una falsa disyuntiva: universidad o inteligencia artificial. La pregunta más útil es otra: ¿qué muestran hoy los datos sobre la relación entre educación e ingresos y qué cambios necesita la formación superior para seguir siendo relevante?

Una fuente especialmente valiosa para aproximarse a la primera parte de esa pregunta es la Encuesta Nacional Continua de Fuerza de Trabajo (ENCFT), levantada trimestralmente por el Banco Central de la República Dominicana (BCRD).

De acuerdo con la ENCFT correspondiente al trimestre abril-junio de 2026, el número total de ocupados en la economía dominicana alcanzó 5,271,005 personas. En ese mismo período, la tasa de informalidad total se situó en 53.8 %, por debajo del promedio de 56.7 % registrado en la serie de la encuesta desde 2014.

Para el análisis de ingresos que se presenta a continuación se utiliza específicamente la población
ocupada perceptora de ingresos, que asciende a aproximadamente 5.23 millones de personas. Este universo no coincide exactamente con el total de ocupados, diferencia que debe tenerse presente al interpretar los resultados.

La primera regularidad que emerge es clara: a medida que aumenta el nivel educativo, también aumenta la participación relativa de los ocupados en los segmentos superiores de la distribución del ingreso y, en promedio, la remuneración por hora es mayor.

Del total de ocupados perceptores de ingresos, aproximadamente el 26.2 % posee educación universitaria y concentra alrededor del 38.7 % del ingreso laboral agregado estimado. Los ocupados con educación secundaria representan cerca del 51.8 % del total y concentran alrededor del 45.4 % del ingreso. Quienes tienen educación primaria constituyen aproximadamente el 18.6 % y reciben cerca del 14.0 %, mientras que los trabajadores sin ningún nivel educativo representan alrededor del 3.4 % de los ocupados y concentran aproximadamente el 1.9 % del ingreso estimado.

Las diferencias se hacen más visibles cuando se observan los extremos de la distribución. En el décimo decil —el grupo de mayores ingresos—, el 65.1 % del ingreso laboral semanal agregado estimado corresponde a ocupados con formación universitaria. A los trabajadores con educación secundaria les corresponde el 25.6 %; a los de educación primaria, el 8.6 %; y a quienes no poseen ningún nivel educativo, alrededor del 0.65 %.

En el primer decil ocurre lo contrario. Los ocupados con educación primaria y secundaria concentran conjuntamente alrededor del 83.4 % del ingreso laboral estimado de ese segmento, mientras que a los universitarios les corresponde aproximadamente el 8.5 % y a los ocupados sin nivel educativo, cerca del 8.0 %.

Más importante que observar cuánto ingreso corresponde a cada grupo educativo dentro de un decil es examinar quiénes componen esos grupos de ingreso. Los trabajadores universitarios representan apenas alrededor del 8.6 % de los ocupados situados en el primer decil. Sin embargo, esa proporción aumenta de manera sostenida conforme se asciende en la distribución hasta alcanzar aproximadamente el 59.8 % de los ocupados del décimo decil.

Dicho de otra manera: casi seis de cada diez ocupados pertenecientes al decil de mayores ingresos poseen formación universitaria, mientras que en el decil de menores ingresos la proporción de universitarios no llega a uno de cada diez.

Este resultado es central. No significa que todo universitario tenga un ingreso alto ni que la educación garantice por sí sola una posición determinada. Significa que, en los datos observados, la presencia relativa de trabajadores con formación universitaria aumenta marcadamente a medida que se avanza hacia los segmentos de mayores ingresos.

En sentido contrario, los trabajadores con educación primaria y secundaria tienen una mayor presencia relativa en los deciles bajos y medios. Entre los ocupados sin ningún nivel educativo, la participación en el ingreso estimado es mayor en los primeros deciles y disminuye apreciablemente en los segmentos superiores.

La comparación de los ingresos por hora refuerza ese patrón. Para el conjunto de los ocupados
perceptores de ingresos, la remuneración promedio por hora asciende aproximadamente a RD$107.81 entre quienes no poseen ningún nivel educativo; RD$136.19 entre los ocupados con educación primaria; RD$148.70 entre quienes tienen educación secundaria; y RD$265.36 entre los ocupados con educación universitaria.

En promedio, por tanto, un ocupado con educación universitaria percibe alrededor de 2.46 veces el ingreso por hora de un trabajador sin educación formal. Expresado en términos porcentuales, la diferencia equivale aproximadamente a un 146 %.

Esta comparación es particularmente relevante porque las horas trabajadas no aumentan en la misma proporción. Los universitarios trabajan, en promedio, alrededor de 40 horas semanales, frente a unas 36.4 horas entre los ocupados sin ningún nivel educativo. En consecuencia, la diferencia de ingresos no puede explicarse simplemente por un mayor número de horas trabajadas; la remuneración promedio por cada hora de trabajo desempeña un papel importante.

Para aproximarnos a la magnitud aritmética de estas diferencias se realizó un ejercicio  contrafactual sencillo: mantener constantes el número de ocupados y las horas trabajadas de cada grupo educativo y recalcular sus ingresos utilizando, como referencia, la remuneración promedio por hora de los ocupados sin ningún nivel educativo.
Este ejercicio debe interpretarse con cautela. No constituye una estimación causal del rendimiento de la
educación ni demuestra cuánto ingreso adicional es provocado exclusivamente por los estudios
realizados. Es una simulación contable que permite dimensionar la importancia de las diferencias
observadas en la remuneración por hora.

Bajo ese supuesto, el ingreso laboral agregado estimado de los ocupados con formación universitaria sería aproximadamente 59.4 % menor. Entre los ocupados con educación secundaria, la reducción sería de alrededor de 27.5 %, y entre aquellos con educación primaria, de aproximadamente 20.8 %.

La comparación confirma una regularidad descriptiva importante: al considerar conjuntamente a todos los ocupados perceptores de ingresos, la remuneración promedio por hora se encuentra estrechamente asociada con el nivel educativo. El análisis se vuelve más interesante cuando la comparación se realiza dentro de cada decil. En ese caso, las diferencias de remuneración por hora entre niveles educativos tienden a reducirse considerablemente y, en algunos segmentos, incluso cambian de signo.

En el décimo decil, por ejemplo, si los universitarios recibieran la remuneración por hora observada entre los ocupados sin nivel educativo pertenecientes a ese mismo decil, su ingreso agregado estimado sería alrededor de 3.6 % menor. Para los trabajadores con educación primaria, la reducción sería cercana al 9.4%. En el caso de los ocupados con educación secundaria, el resultado cambia de signo: la remuneración por hora del pequeño grupo sin nivel educativo situado en ese decil resulta superior, por lo que aplicar esa tasa de referencia implicaría un aumento aproximado de 6.9 % y no una reducción.

El patrón general aporta una pista relevante: la ventaja asociada con la educación no parece consistir únicamente en que un universitario gane siempre mucho más que otro trabajador situado exactamente en el mismo tramo de ingresos. También se manifiesta en que los universitarios tienen una presencia considerablemente mayor en los segmentos superiores de la distribución. Mientras constituyen aproximadamente el 26.2 % del total de ocupados perceptores de ingresos, representan cerca del 59.8 % de quienes se encuentran en el décimo decil.

Claro está, no es correcto concluir que la educación, por sí sola, explica toda la diferencia de ingresos observada, dado que los ingresos laborales también pueden estar asociados con la experiencia, la edad, la ocupación desempeñada, la rama de actividad económica, la formalidad del empleo, el tamaño y la productividad de las empresas, el género, la localización geográfica, las habilidades individuales y otras características que no han sido controladas en este ejercicio descriptivo.

En conclusión, la inteligencia artificial y las demás tecnologías emergentes deben incorporarse de manera creciente a la educación y a la capacitación laboral. Sería un error formar profesionales al margen de estas transformaciones. Pero también sería una simplificación concluir que la expansión de la inteligencia artificial vuelve innecesaria la educación superior o que aprender a utilizar una herramienta tecnológica puede sustituir, por sí solo, la formación científica, técnica, profesional y humanística que corresponde a una universidad.

La propia inteligencia artificial eleva, en muchos ámbitos, el valor de capacidades que no se adquieren simplemente aprendiendo a manejar una aplicación: pensamiento crítico, razonamiento lógico, dominio conceptual, conocimientos especializados, capacidad de formular problemas, evaluar evidencia, interpretar resultados, comunicar con rigor y tomar decisiones responsables.

El desafío, por tanto, no es escoger entre universidad e inteligencia artificial. Es transformar la
universidad para que enseñe a comprender, utilizar y cuestionar estas tecnologías; fortalecer las
competencias digitales; revisar currículos; vincular mejor la formación con las necesidades productivas; y preparar a los estudiantes para aprender de manera continua en un mercado laboral que cambiará con rapidez.

Los datos de la ENCFT no permiten predecir cómo será el mercado de trabajo dentro de diez años. Sí permiten afirmar algo más modesto y, al mismo tiempo, más sólido: en el mercado laboral dominicano actual, la educación superior continúa asociada con una remuneración promedio más elevada y con una presencia relativa mucho mayor en los segmentos superiores de la distribución del ingreso.

La tecnología transformará profesiones, ocupaciones y métodos de aprendizaje. Precisamente por eso, la respuesta no parece ser menos educación, sino una educación mejor, más flexible, más rigurosa y capaz de integrar la inteligencia artificial como herramienta de productividad y conocimiento sin renunciar a la formación integral de las personas.

El autor es economista, Ph.D.

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