Cultura

Hace 102 años partieron marines EE.UU, pero no terminó intervención en República Dominicana

Por CLARA E. MARTINEZ FERNANDEZ

  • La desocupación militar estadounidense de 1924 puso fin a ocho años de ocupación armada, pero dejó una profunda huella de dependencia política, económica y militar. La resistencia de los Gavilleros permanece como uno de los capítulos más heroicos de la lucha por la soberanía nacional.

El 12 de julio de 1924, hace hoy 102 años, el último contingente de marines estadounidenses abandonó oficialmente suelo dominicano. Terminaban ocho años de ocupación militar iniciada el 16 de mayo de 1916, cuando tropas de Estados Unidos desembarcaron en Santo Domingo e impusieron un gobierno militar extranjero sobre una nación que apenas medio siglo antes había restaurado con sangre su independencia.

La retirada fue presentada por Washington como un acto de buena voluntad y de restablecimiento de la institucionalidad. Sin embargo, para numerosos historiadores dominicanos representó apenas el cierre formal de una ocupación que había transformado profundamente la estructura política, económica y militar del país, dejando mecanismos de control que perdurarían durante décadas.

La invasión de 1916 respondió a la política expansionista de Estados Unidos en el Caribe, amparada en la llamada Doctrina Monroe y en el Corolario Roosevelt. Bajo el argumento de garantizar la estabilidad financiera y proteger los intereses de acreedores estadounidenses, los marines ocuparon las principales ciudades, controlaron las aduanas, impusieron censura, disolvieron instituciones nacionales y gobernaron mediante órdenes militares.

Durante aquellos ocho años, miles de hectáreas de tierras agrícolas pasaron a manos de compañías azucareras norteamericanas, especialmente en el Este del país. El aparato productivo fue reorganizado para servir prioritariamente a los intereses del capital extranjero, mientras la economía dominicana quedó cada vez más vinculada a los centros financieros de Estados Unidos.

La ocupación también dio origen a la Guardia Nacional Dominicana, cuerpo militar organizado, entrenado y dirigido por oficiales estadounidenses. Aquella institución sería posteriormente utilizada como plataforma para el ascenso de Rafael Leónidas Trujillo, quien instauraría una de las dictaduras más prolongadas y sangrientas de América Latina. Para numerosos analistas, esa constituye una de las consecuencias políticas más trascendentales de la ocupación.

Pero la intervención encontró una resistencia feroz. En las montañas y llanuras del Este surgieron los llamados Gavilleros, combatientes campesinos que recurrieron a tácticas de guerrilla para enfrentar al ejército invasor. Lejos de la imagen despectiva con que fueron descritos por la propaganda oficial de la época, hoy son reconocidos por buena parte de la historiografía dominicana como auténticos defensores de la soberanía nacional.

Figuras como Vicente Evangelista, Ramón Natera, Martín Peguero, Pedro Mercedes y otros jefes guerrilleros mantuvieron durante años una guerra desigual contra un ejército dotado de armamento moderno, aviación y artillería. Con escasos recursos, profundo conocimiento del terreno y el respaldo de comunidades rurales, lograron infligir importantes bajas a las fuerzas ocupantes y mantener vivo el sentimiento patriótico.

La represión fue brutal. Numerosos poblados fueron incendiados, decenas de campesinos ejecutados sin juicio y cientos de dominicanos encarcelados bajo la acusación de colaborar con los insurgentes. Los informes militares estadounidenses reconocen que la resistencia armada dificultó considerablemente la consolidación del control sobre el territorio ocupado.

La salida de las tropas estadounidenses fue producto del denominado Plan Hughes-Peynado, que permitió la celebración de elecciones y la instalación del gobierno constitucional encabezado por Horacio Vásquez. Sin embargo, Estados Unidos conservó importantes instrumentos de influencia política y financiera, mientras la nueva institucionalidad permanecía condicionada por los acuerdos firmados durante la ocupación.

Desde una perspectiva nacionalista, numerosos sectores sostienen que la desocupación militar no significó el fin de la injerencia extranjera. A lo largo del siglo XX, la República Dominicana experimentó nuevas formas de intervención, incluyendo la ocupación militar de 1965 y una prolongada influencia sobre decisiones económicas, de seguridad y política exterior.

Diversas corrientes críticas consideran que muchos gobiernos posteriores actuaron alineados con los intereses estratégicos de Washington, priorizando esa relación por encima de una agenda plenamente soberana, aunque esa valoración sigue siendo objeto de debate político e histórico.

Hoy, al cumplirse 102 años de la retirada de los marines, la memoria de los Gavilleros adquiere renovada vigencia. Su lucha recuerda que la independencia no constituye únicamente un acontecimiento histórico, sino una tarea permanente que exige la defensa del territorio, de los recursos naturales, de la autodeterminación de los pueblos y del derecho de la nación dominicana a decidir libremente su destino.

La historia enseña que los imperios pueden retirar sus ejércitos, pero conservar mecanismos de influencia. También demuestra que, frente a cualquier forma de dominación, siempre habrá dominicanos dispuestos a defender la soberanía nacional con la misma firmeza con que lo hicieron los guerrilleros que enfrentaron la ocupación militar de 1916-1924, inscribiendo su sacrificio entre las páginas más dignas del patriotismo dominicano.

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