
El altruismo de Lincoln y la nueva madera de ébano en la República Dominicana
Por BERNARDO HIRAN SANCHEZ MELO,
«Besplatni cir vivaet tolbko mishelobke» (Sólo se regala queso gratis en una trampa de ratones)
Proverbio Ruso
A Abraham Lincoln, le tocó la suerte de dirigir los Estados de la Unión, precisamente en el momento más crucial de la historia de los Estados Unidos de América, pues se debatía el destino de la joven nación, creada sobre la base de una expansión territorial que aniquiló poblaciones nativas enteras, cuando no las acorraló hasta llevarlas a espacios reducidos, aislados y controlados, como lo fueron las llamadas reservaciones indias.
En otras situaciones, la expansión se basó en hacerle la guerra a naciones vecinas, como el caso de México, o a naciones tan lejanas como a España, para arrebatarle las colonias de Cuba, Puerto Rico y las Filipinas, o mediante la compra de inmensos territorios, como lo fue la compra a Rusia de lo que
hoy es Alaska, y así por el estilo.
Ciertos biógrafos de Abraham Lincoln tienden a presentarlo como un hombre sensible a la cruel e inhumana situación de esclavitud en que sobrevivían miles de negros esclavos, arrancados cruelmente de su África natal, lo que evidentemente le llevó a jugar un rol fundamental a favor de la abolición de la esclavitud en Norteamérica. Sin embargo, habría que acotar que dicha sensibilidad, en realidad, no del todo obedecía a la condición de sensibilidad humana que conlleva conocer dicha
forma de explotación del hombre por el hombre.
Tal y como precisamente, le sucedió al mismo Lincoln, quien llegó a conocer la crueldad de la esclavitud en los múltiples viajes que realizó a los Estados del Sur.
La verdad es que, concomitantemente, con el altruismo por parte de los Estados del Norte, respecto a la esclavitud en los Estados del Sur, subyacía en el fondo un problema contradictorio en torno al modelo de desarrollo económico que debía prevalecer en los Estados Unidos.
En efecto, o bien los Estados Unidos se sustentaban sobre la base del desarrollo industrial, con una clase burguesa ávida de mano de obra para la gran producción industrial y manufacturera en crecimiento, o bien sobre la base de la producción agrícola de monocultivo, fundamentada en algodón, café, tabaco, y arroz, que requería grandes extensiones de tierra, y una gran cantidad de mano de obra esclava, poseídas por muy pocos terratenientes con ínfulas aristocráticas.
Con la esclavitud prevaleciente en los Estados sudistas era imposible instalar fábricas ni redes comerciales como en los industriales Estados del nordeste. Eran dos modelos diferentes de economía y de trabajo.
Era una gran contradicción que, bien las clases dominantes de los Estados del Norte estaban dispuestas a afrontar y los Estados del Sur de tomar la iniciativa, incluso, de plantear la secesión, tal y como lo llegaron a hacer, es decir declararse Estados fuera de la Unión.
En ese orden, Lincoln, como presidente, tomó la gran iniciativa de la liberación de los esclavos negros del sur. Sin embargo, como dijimos anteriormente, no era un asunto, puramente humanitario, pues habría que recordar que precisamente Lincoln, pasó a formar parte de la milicia formada en Illinois con el propósito de perseguir al jefe indio de la comarca, Halcón Negro, quien se había declarado en rebeldía por la forma que fueron despojados de sus tierras.
Era evidente pues, que el problema de contrarrestar el esclavismo no era una situación puramente humanitaria, pues si bien la esclavitud era lo más abominable que existía en lo que se consideraba un país libre, peor fue la suerte corrida por los indios en territorio de Norteamérica.
Así las cosas, en el caso de los esclavos la guerra debía dirigirse sobre los dueños de los esclavos, es decir sobre los terratenientes esclavistas del sur; pero en el caso de los dueños originales de las grandes extensiones de tierras, que eran los indios, la guerra debía dirigirse en contra de estos: por un lado eliminándolos, cuando no recluyéndolos en las reservas de las cuales no podía salir.
Asimismo, hay que esclarecer que, la esclavitud, en sus inicios, no solo era un asunto de color. En los Estados Unidos, antes que esclavos negros hubo siervos, ya que los primeros esclavos de la Unión fueron blancos. Pues decenas de miles de emigrantes se ataban mediante contrato a las compañías comerciales con derechos de colonización.
En efecto, para costear sus pasajes los inmigrantes debían comprometerse a pagar a los dueños de barcos, con trabajo durante un tiempo. Eran pues, siervos a plazo fijo. Pagado el pasaje los “esclavos blancos” recobraban su libertad y obtenían tierras. Hay que decir que mucha gente fue llevada a América con engaños o simplemente raptada. Sin embargo, y a pesar de ello, las ideas de libertad
y la disparidad de cultos, con que los inmigrantes Europeos poblaban las nuevas tierras, hizo que estos dolorosos orígenes se fueran atenuando para los blancos.
Entonces los colonos acudieron a importar, al igual que las colonias españolas y portuguesas, negros de África, en vista de que la población indígena resultaba inadecuada para el trabajo forzado, dada su condición de cazadores nómadas, y sobre todo la oposición tenaz de estos a ser esclavizados en las tierras que les pertenecían. Así es la historia de esa gran nación. Sin embargo, apenas 145 años después de finalizada la guerra de secesión en los Estados Unidos de América, hoy en día se debate entre dos pequeños territorios enclavados en una pequeña Isla en el Caribe,
algo semejante a lo de mediado del siglo XIX en los Estados Unidos.
En efecto, una nueva especie de “madera de ébano”, nombre como se le denominaba a los esclavos provenientes del África meridional, en aquel entonces, lo vinieron a constituir los negros haitianos provenientes de la parte occidental de la isla. No en condición de esclavos al estilo de la población esclavizada en los Estados Sudistas, sino algo parecido, más bien, a los siervos blancos, mencionados anteriormente, pues sobre la base de la explotación, en condiciones infrahumanas, en ciertos momentos de la historia republicana, se ha desarraigado de su territorio natal a miles de
haitianos, comercializados para ser destinados, ya no sólo a la producción agrícola, como es el caso del cultivo y cosecha de caña de azúcar, café, cacao en territorio dominicano, sino también a la construcción, e inclusive a sectores de servicios.
Queda en nebulosa, pues, el destino que correría la nación dominicana respecto a la viabilidad, en el largo plazo, de un modelo de crecimiento sustentado en mano de obra barata y no cualificada, dada la miseria en que viven millones de personas, la inmensa pobreza, los altos niveles de analfabetismo e ignorancia de una parte significativa de la población haitiana y, sobre todo, la debilidad de las estructuras institucionales prevalecientes en ambas mitades de la isla, aunque con diferencias aabismales.
* El autor es economista Ph.D.




