
Del señor feudal al imperio del capital
Por EMMANUEL ABREU REYES
La historia suele presentarnos el feudalismo y el capitalismo como etapas diferentes de la evolución social. El primero habría dado paso a la burguesía y, posteriormente, al capitalismo moderno. Sin embargo, la realidad demuestra que la transición no significó necesariamente la desaparición de las relaciones de dominación. En numerosos países, especialmente en aquellos que han quedado rezagados en su desarrollo, las viejas estructuras de poder sobrevivieron bajo nuevas formas. El señor feudal fue sustituido por el gran terrateniente, la élite económica y los grupos de poder; pero la concentración de la riqueza, la dependencia y la desigualdad permanecieron.
Durante el feudalismo, el campesino pobre estaba sometido al poder del propietario de la tierra. Su acceso a la alimentación, la salud, la educación y otros derechos fundamentales dependía de una estructura social profundamente desigual. Quien se rebelaba podía perder sus tierras y hasta la vida. La conquista y colonización de América llevaron esa lógica de dominación a extremos dramáticos, provocando el sometimiento, desplazamiento y exterminio de numerosos pueblos indígenas.
Con el surgimiento de la burguesía y del capitalismo se produjo una transformación histórica indiscutible: crecieron el comercio, la industria, la ciencia y la tecnología, y se ampliaron determinados derechos sociales y políticos. Pero el problema fundamental no desapareció: la riqueza y el poder continuaron concentrándose. Por eso, más que hablar de una ruptura absoluta con el feudalismo, en muchas sociedades debemos hablar de una transformación de sus mecanismos de dominación.
La paradoja es todavía mayor en nuestro tiempo. Vivimos en la era de las computadoras, la inteligencia artificial y una capacidad científica que nuestros antepasados jamás imaginaron. Sin embargo, las grandes potencias continúan recurriendo, en determinados conflictos, a la fuerza, la presión económica y la intervención sobre países soberanos. Es decir, hemos avanzado extraordinariamente en tecnología, pero no necesariamente en la capacidad de las sociedades para impedir que el poder sea utilizado contra otros pueblos.
El capitalismo, en consecuencia, no puede ser evaluado solamente por su capacidad para producir riqueza. También debe juzgarse por la manera en que esa riqueza se distribuye y por las oportunidades que ofrece a quienes la producen. Cuando los ricos acumulan cada vez más mientras millones de personas sobreviven con dificultades, el sistema revela una de sus contradicciones fundamentales: produce abundancia, pero no garantiza justicia social.
En los países de estructuras semifeudales y dependientes, esta contradicción se vuelve todavía más profunda. Una reducida alianza entre sectores políticos, militares, empresariales y, en ocasiones, religiosos puede concentrar una enorme cuota de poder económico y político. En lugar de desaparecer las antiguas relaciones de dominación, estas se adaptan al nuevo sistema y adquieren apariencia institucional.
Ante la falta de oportunidades, los sectores populares buscan diferentes caminos para sobrevivir y progresar. Algunos jóvenes encuentran en el deporte una posibilidad de superación; otros son atraídos por el narcotráfico y las actividades ilícitas, que pueden convertir la riqueza obtenida ilegalmente en un modelo de éxito para determinados sectores de la juventud. Ambos fenómenos tienen una raíz común: una sociedad en la que las oportunidades legítimas no están distribuidas de manera equitativa.
La emigración constituye otra respuesta a esa desigualdad. Miles de dominicanos marchan hacia Estados Unidos y Europa en busca de mejores condiciones de vida. Trabajan, se sacrifican y, en muchos casos, envían dinero y alimentos a sus familiares. No necesariamente se hacen ricos; simplemente consiguen, mediante enormes esfuerzos, alcanzar condiciones de vida que no encontraron en su propio país. Las remesas son, en ese sentido, tanto una fuente de alivio para las familias como un reflejo de las limitaciones económicas de la sociedad de origen.
A todo esto se suma la dependencia externa. Un país puede alcanzar importantes recursos naturales, como demuestra el caso de Venezuela, Otra de las cosas malas de este capitalismo semifeudal es lo dependiente que se vuelven estos pequeños países, y aún sean grandes como el caso de Venezuela, que como siempre aparece un traidor o traidora que se arrodillan ante el emperador de turno, y entregan su país, por esa ausencia de nacionalismo y abundancia de entreguismo reiterado y aun así quedar expuesto a presiones de grandes potencias y a conflictos internos por el control de esos recursos. Cuando dirigentes nacionales colocan intereses particulares por encima de la soberanía, la independencia política se vuelve una declaración formal más que una realidad.
La tesis, entonces, es sencilla: el capitalismo no eliminó por sí solo las relaciones de dominación del feudalismo; en muchas sociedades las transformó, las modernizó y las incorporó a nuevas estructuras de poder.
El desafío de nuestro tiempo no consiste únicamente en producir más riqueza, sino en construir sociedades soberanas donde esa riqueza y las oportunidades se distribuyan de manera más justa. Si el feudalismo fracasó por su sistema de privilegios y el capitalismo continúa reproduciendo profundas desigualdades, la humanidad tiene ante sí la tarea histórica de encontrar una organización social capaz de poner la economía y el poder al servicio de la mayoría.
- El autor es médico cirujano y abogado.




