
¿Educación para las fuerzas productivas o fuerzas productivas para la educación?
LECTURAS ACADEMICAS
Por BERNARDO IRAN SANCHEZ MELO
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Los resultados de PISA 2025 han reabierto, con razón, el debate sobre la calidad de la educación
dominicana. La reacción inmediata suele ser mirar hacia las escuelas, los maestros, los programas
de estudio y el gasto público. Todo eso importa. Pero la discusión queda incompleta si no
formulamos una segunda pregunta, menos frecuente y quizá más incómoda: ¿qué tipo de
estructura productiva está demandando, utilizando y remunerando el conocimiento que el país
intenta formar?
La República Dominicana obtuvo 361 puntos en ciencias, 346 en lectura y 339 en matemáticas,
claramente por debajo de los promedios de la OCDE. Más preocupante aún es la proporción que alcanza las competencias básicas: apenas 9 % de los estudiantes llegó al nivel 2 o superior en matemáticas; 23 % lo consiguió en lectura y 26 % en ciencias, frente a 65 %, 69 % y 74 %, respectivamente, en el promedio de la OCDE. No estamos ante una diferencia marginal, sino ante una brecha de aprendizaje que compromete la capacidad futura para comprender información, resolver problemas, adoptar tecnologías e innovar.
Sin embargo, estos resultados conviven con otra realidad. Durante buena parte de las últimas dos
décadas, la economía dominicana se ha situado entre las de mayor crecimiento de América Latina y el Caribe. Incluso después de la desaceleración de 2025, cuando el PIB creció 2.1 %, la actividad volvió a acelerarse en 2026 y acumuló una expansión de 4.5 % entre enero y julio. ¿Cómo puede coexistir un crecimiento relativamente elevado con resultados educativos tan bajos?
La aparente paradoja tiene varias explicaciones. PISA evalúa jóvenes de 15 años; no mide directamente las competencias de la población que hoy produce el PIB. Además, el crecimiento
económico no depende de un solo factor. Puede sostenerse durante un período mediante acumulación de capital, aumento del empleo, inversión, infraestructura, turismo, construcción, financiamiento, tecnología importada y condiciones externas favorables, aun cuando persistan deficiencias en la calidad del aprendizaje. El problema aparece cuando una economía necesita pasar de crecer incorporando factores a crecer elevando de manera sostenida su productividad.
La literatura económica ha insistido en que la educación y el crecimiento se relacionan, pero no de
forma mecánica ni en una sola dirección. Los trabajos de Hanushek y Woessmann subrayan que las capacidades cognitivas efectivamente adquiridas importan más que la simple acumulación de años de escolaridad. A la vez, Bils y Klenow advirtieron que parte de la asociación entre educación y crecimiento puede operar en sentido inverso: economías que se transforman, elevan la rentabilidad de las competencias y crean mejores oportunidades generan mayores incentivos para invertir en educación.
Ese razonamiento resulta especialmente pertinente cuando se observa la estructura del empleo
dominicano. Los datos utilizados en este trabajo, procedentes de la Encuesta Nacional Continua de Fuerza de Trabajo del Banco Central correspondiente al último trimestre disponible de 2026, registran 5,176,491 personas ocupadas. Dentro de esa población, 17.8 % se ubica en ocupaciones de baja calificación; los profesionales representan 8.5 %, los técnicos de nivel medio 6.8 % y los gerentes o administradores 2.1 %. Desde el punto de vista educativo, 3.7 % no registra nivel de instrucción y 18.7 % alcanza solamente el nivel primario. Es decir, 22.4 % de los ocupados —algo más de uno de cada cinco— se encuentra en esos dos escalones educativos.
Estas cifras no autorizan a concluir que casi una cuarta parte de los trabajadores carece de capacidades productivas, ni que la educación secundaria deba considerarse insuficiente por definición. Sí muestran, sin embargo, que una fracción importante del mercado laboral opera con niveles educativos y ocupacionales relativamente bajos, mientras la presencia de profesionales, técnicos y cuadros directivos continúa siendo limitada. Esa composición importa porque la estructura de las ocupaciones condiciona el tipo de habilidades que las empresas demandan y la rentabilidad que las personas perciben de seguir estudiando.
El segundo indicio surge al comparar la distribución del empleo con el valor agregado generado por cada actividad. Para este artículo se calculó un indicador de productividad aparente por ocupado dividiendo el valor agregado corriente sectorial entre el número de ocupados y expresando el resultado respecto del promedio nacional, igual a 100. La agricultura y ganadería registra un índice de 81.3; el comercio, 62.7; y otros servicios, 74.8. Las tres actividades concentran conjuntamente alrededor de 46.5 % de la población ocupada. En otras palabras, casi la mitad del empleo se localiza en esos tres grandes grupos cuya producción de valor agregado por ocupado se sitúa por debajo del promedio de la economía.
El contraste es ilustrativo. La intermediación financiera y los seguros muestran un índice de 210.6,
pero absorben apenas 2.4 % del empleo. Electricidad y agua alcanza 239.5 y emplea alrededor de 0.7 %. La industria, sin construcción, registra 141.4; construcción, 159.3; y transporte y comunicaciones, 125.7.
No se trata de afirmar que una persona que trabaja en un sector con índice alto sea necesariamente más eficiente que otra ubicada en un sector con índice bajo. El cociente valor agregado corriente por ocupado es una medida de productividad aparente: también incorpora diferencias de capital, tecnología, precios, escala, organización empresarial y composición de cada actividad. Por eso debe leerse como una señal comparativa de la estructura productiva, no como una medida causal del aporte individual del trabajador.
Hecha esa cautela, el mensaje económico sigue siendo relevante. Si una gran proporción de los puestos de trabajo se concentra en actividades que utilizan relativamente poco conocimiento especializado o generan bajo valor agregado por ocupado, el sistema productivo envía señales débiles para que hogares, estudiantes e instituciones inviertan cada vez más en competencias avanzadas. Un joven puede escuchar que debe estudiar más, especializarse y acumular credenciales; pero si después encuentra principalmente empleos que no utilizan esas capacidades o no las remuneran de manera suficiente, la señal económica va en sentido contrario.




