
Psicópata: ¿Se nace o se hace?
CATALEJO
Psicópata: ¿Se nace o se hace?
Por ANULFO MATEO PÉREZ
La vieja disputa entre naturaleza y crianza vuelve a aparecer cuando intentamos explicar la psicopatía. ¿Nace el individuo con una predisposición genética hacia la conducta antisocial o es la sociedad la que termina moldeando su personalidad? La respuesta científica contemporánea resulta menos cómoda: ni los genes son una sentencia, ni el ambiente puede cargar solo con toda la responsabilidad.
No existe un “gen de la psicopatía”. Lo que puede heredarse son determinadas vulnerabilidades temperamentales: impulsividad, búsqueda intensa de sensaciones, escasa respuesta al miedo, agresividad y dificultades para experimentar o expresar determinadas emociones. La genética proporciona, por tanto, posibilidades; no escribe de antemano el libreto completo de una existencia.
Pero allí donde termina el gen comienza la complejidad humana. Un niño con determinadas características temperamentales puede desarrollarse en un hogar afectuoso, estable y capaz de establecer límites, o crecer entre violencia, abandono, maltrato, humillación y ausencia de referentes. El mismo organismo biológico puede encontrar caminos radicalmente diferentes según el ambiente en que se desenvuelva.
La neurobiología tampoco debe convertirse en una coartada. Investigaciones han encontrado, en determinados individuos con rasgos psicopáticos, diferencias funcionales en circuitos relacionados con la amígdala, la corteza prefrontal, el procesamiento de las emociones y el aprendizaje mediante el castigo. Pero una diferencia cerebral no equivale a una condena moral ni permite predecir mecánicamente el comportamiento de una persona.
La cuestión adquiere mayor profundidad cuando comprendemos que el sujeto también modifica su ambiente. Un niño impulsivo o desafiante puede provocar respuestas familiares más punitivas; esas respuestas pueden aumentar la hostilidad y, posteriormente, favorecer nuevos conflictos. Se establece así un círculo en el que biología, conducta y sociedad se retroalimentan.
Por eso resulta científicamente pobre afirmar que el psicópata “nace” o que la sociedad “lo fabrica”. La personalidad antisocial emerge de una compleja interacción entre predisposiciones biológicas, desarrollo cerebral, experiencias tempranas, aprendizaje, vínculos afectivos y contexto social. La epigenética ha añadido otra dimensión: las experiencias pueden influir en la regulación de la expresión de determinados genes, sin modificar la secuencia genética.
Tampoco debemos confundir psicopatía con trastorno de personalidad antisocial. Aunque pueden coexistir, no son conceptos idénticos. La psicopatía incorpora, además de la conducta antisocial, rasgos como frialdad afectiva, manipulación, ausencia de remordimiento, superficialidad y limitada capacidad empática.
En definitiva, los genes pueden cargar el arma, pero no necesariamente aprietan el gatillo; y la sociedad puede influir en la mano que lo hace, pero tampoco controla por completo al individuo. Entre la herencia y el ambiente existe algo mucho más complejo: un sujeto que se desarrolla, aprende, responde y toma decisiones. Comprender esa interacción no significa justificar al psicópata. Significa, simplemente, intentar comprender cómo se construye una personalidad antes de pretender explicarla con una sola palabra: “genes” o “sociedad”.




