
El ocaso del poder
CATALEJO
Por ANULFO MATEO PEREZ
El poder es una herramienta indispensable para gobernar, pero también una prueba severa para la salud emocional de quien lo ejerce. Cuando la lucha por alcanzarlo o conservarlo rebasa los límites de la razón, deja de ser vocación de servicio y adquiere los rasgos de una obsesión.
El gobernante comienza entonces a interpretar la realidad desde el interés de mantenerse en el cargo. Las críticas incomodan, los consejos de sus más cercanos sobran y los colaboradores terminan subordinados a su voluntad.
Esa dependencia genera una sensación de omnipotencia que busca compensar frustraciones o vacíos personales. El poder deja de ser una responsabilidad para convertirse en una necesidad del gobernante.
La historia ofrece numerosos ejemplos de mandatarios incapaces de aceptar la alternancia democrática, convencidos de que solo ellos pueden conducir el destino de sus países, aunque la realidad les diga lo contrario.
En República Dominicana, cuando se aproxima un nuevo ciclo político y continúan los debates sobre reformas constitucionales, conviene recordar que las instituciones deben estar por encima de cualquier liderazgo.
En el ámbito internacional también abundan gobiernos que debilitan las instituciones, alimentan la polarización y prolongan conflictos bajo la falsa idea de que el Estado les pertenece de forma absoluta.
Sin embargo, y esto es muy común, al concluir el mandato presidencial desaparecen los privilegios y muchos descubren que buena parte de las lealtades dependían del cargo que desempeñaban y no de la persona.
El verdadero estadista entiende que el poder pertenece al pueblo y que su ejercicio es temporal. Quien no acepta esa realidad queda prisionero de la nostalgia del mando, mientras el proceso político continúa su camino.



