Opiniones

El odio como enfermedad

CATALEJO

Por ANULFO MATEO PÉREZ

Hay sociedades que discuten; otras se insultan. Hay ciudadanos que discrepan y otros que necesitan destruir moralmente al adversario para sentirse vencedores. Entre ambas conductas existe una diferencia fundamental: la primera pertenece a la democracia; la segunda es hija del odio.

El odio no es una simple rabieta. La ira puede aparecer como un relámpago y desaparecer después de la tormenta. El odio, en cambio, se alimenta de la memoria, de la interpretación de las ofensas, de la repetición y, muchas veces, de la necesidad psicológica de encontrar un culpable. Por eso puede durar años, transmitirse de generación en generación y convertirse en instrumento político.

El psicólogo Robert Sternberg ha señalado que el odio contiene tres componentes: deshumanización, pasión y compromiso. Primero se despoja al adversario de sus cualidades humanas; después se alimenta la pasión mediante la ira, el miedo o el resentimiento; finalmente aparece el compromiso de mantener la hostilidad. Y una vez construido ese mecanismo, cualquier argumento sirve para justificarlo.

La política conoce muy bien esa enfermedad. Cuando se sustituye el debate por el insulto, cuando al contrario se le presenta como enemigo de la patria, traidor, delincuente, vendido o indigno de existir, ya no se está intentando convencer a nadie: se está fabricando un enemigo. El paso siguiente suele ser mucho más peligroso: justificar contra él cualquier atropello.

Las redes sociales han agregado gasolina al incendio. El psicólogo Keith Payne, al analizar la polarización política, advierte que las plataformas digitales pueden amplificar la división y son especialmente eficaces para difundir la indignación moral. Así, el algoritmo termina premiando aquello que provoca más furia, mientras la serenidad, la duda y la reflexión quedan relegadas al rincón donde nadie hace clic.

El fenómeno alcanza una dimensión todavía más preocupante cuando la política comienza a castigar la moderación. Una investigación difundida recientemente por la American Psychological Association encontró que, en contextos políticos polarizados, los moderados pueden ser vistos como desleales por ambos bandos. La advertencia es formidable: cuando quien no está completamente con nosotros comienza a ser considerado enemigo, la sociedad pierde el espacio indispensable para el diálogo.

Y la ciencia del cerebro tampoco resulta tranquilizadora. Los investigadores Semir Zeki y John Romaya observaron, mediante resonancia magnética, actividad en determinadas regiones cerebrales cuando personas estudiadas contemplaban imágenes de individuos a quienes odiaban.

El patrón incluía el putamen, la ínsula y regiones premotoras y frontales. Zeki destacó que, a diferencia del amor romántico, en el odio permanecen relativamente activas áreas relacionadas con el juicio y la planificación, algo compatible con la posibilidad de calcular acciones contra el objeto odiado.

Por eso conviene desconfiar de quienes presentan el odio como una virtud. No hay grandeza en odiar al adversario político, religioso, social o intelectual. Tampoco hay valentía en convertir al diferente en una caricatura. Hay, muchas veces, miedo, frustración, necesidad de pertenencia y manipulación. Y cuando el odio se institucionaliza, puede terminar justificando desde la exclusión hasta la violencia.

Lo más grave es que el odiador termina siendo también víctima de su propio odio. Vive pendiente de aquel a quien desprecia; necesita mencionarlo, combatirlo, desacreditarlo y atribuirle cada desgracia. El supuesto enemigo termina ocupando demasiado espacio en su pensamiento. Paradójicamente, quien pretende dominar al otro acaba siendo dominado por él.

En la República Dominicana —como en cualquier otra realidad similar— podemos tener diferencias profundas sobre el Gobierno, la oposición, los partidos, la corrupción, la economía, la minería, la inmigración, la justicia o cualquier otro asunto nacional. Lo peligroso comienza cuando dejamos de discutir ideas y empezamos a odiar personas. La democracia no exige que pensemos igual; exige que podamos pensar diferente sin convertirnos en enemigos a muerte.

Sternberg sostiene que el odio puede combatirse mediante la sabiduría, entendida como la capacidad de utilizar inteligencia, creatividad y experiencia en favor del bien común. Esa propuesta parece sencilla, pero contiene una profunda verdad: una sociedad que pierde la capacidad de escuchar al otro termina escuchando únicamente sus propios prejuicios.

El odio es, finalmente, una mala inversión emocional. Consume al que odia, intoxica al que es odiado y contamina a los espectadores. Y cuando se convierte en combustible de la política, puede transformar una diferencia legítima en una guerra permanente.

Conviene recordarlo antes de escribir el próximo insulto, publicar la próxima descalificación o repetir la próxima mentira contra quien piensa distinto: el adversario político no tiene que ser nuestro amigo, pero seguir siendo nuestro semejante.

Y quizás ahí comience la verdadera civilización: en la capacidad de combatir una idea sin pretender destruir al ser humano que la sostiene.

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