Opiniones

El rostro de la traición

CATALEJO

Por ANULFO MATEO PEREZ

La traición política es tan antigua como la lucha por el poder. No todo cambio de partido significa traición: puede ser rectificación, evolución o discrepancia. La deslealtad aparece cuando alguien abandona principios y compromisos para obtener ventajas personales. Por eso, más que la chaqueta que se cambia, importa saber qué intereses se esconden debajo de ella.

Desde el nacimiento de la República Dominicana existen episodios aleccionadores. Pedro Santana, protagonista de la independencia de 1844 y primer presidente constitucional, terminó promoviendo en 1861 la anexión del país a España. Aquella decisión liquidó la soberanía conquistada y provocó la Guerra de la Restauración. Francisco del Rosario Sánchez combatió la anexión y fue fusilado en San Juan de la Maguana en 1861.

Dos años después, el Grito de Capotillo, encabezado por patriotas como Santiago Rodríguez, inició la lucha restauradora. En 1865 las tropas españolas abandonaron el territorio y la República recuperó su soberanía. La historia mostró que un gobernante puede actuar contra los intereses de la nación que juró defender.

En el ámbito internacional abundan ejemplos. Benedict Arnold pasó de general de la Revolución estadounidense a colaborar con los británicos; Vidkun Quisling colaboró con la ocupación nazi y su apellido quedó como sinónimo de traidor. Son casos extremos, pero ilustran una misma cuestión: la distancia entre lo que se proclama y aquello que finalmente se hace.

En los últimos cincuenta años, la izquierda dominicana también ha conocido sus propias metamorfosis. De aquella izquierda revolucionaria, marxista y antiimperialista de la década de 1970, surgieron dirigentes y militantes que, con el tiempo, abandonaron organizaciones, símbolos y discursos para incorporarse a espacios políticos de centro, derecha o al poder establecido.

Algunos lo hicieron por evolución ideológica y asumieron públicamente su nueva posición. Otros cambiaron la retórica, pero conservaron el viejo discurso cuando convenía. Y hubo quienes pasaron de cuestionar al sistema a convertirse en sus beneficiarios, aceptando cargos, privilegios y alianzas que antes denunciaban como incompatibles con sus principios.

No sería justo meterlos a todos en el mismo saco. La vida política cambia y las personas pueden revisar honestamente sus ideas. Lo cuestionable es el tránsito silencioso, sin explicación ni autocrítica, desde la militancia revolucionaria hacia posiciones diametralmente opuestas, especialmente cuando el nuevo destino trae consigo poder, dinero o reconocimiento.

La izquierda dominicana pagó además un alto precio histórico por sus divisiones, sectarismos y errores. Muchos militantes mantuvieron sus convicciones aun en la adversidad, mientras otros fueron abandonando la lucha, primero por desencanto y después por conveniencia. Esa historia merece ser examinada sin nostalgia, pero también sin borrar la memoria de quienes fueron consecuentes.

La verdadera fidelidad política no consiste en permanecer eternamente en un partido, sino en conservar una conducta ética reconocible. Quien se marcha por conciencia puede explicar sus razones; quien cambia de camiseta por conveniencia podrá conservar el cargo, pero difícilmente conservará la credibilidad. La chaqueta puede cambiar; la dignidad no debería hacerlo.

Al final, la historia suele ser más severa que cualquier tribunal. La pregunta no es cuántas veces alguien cambió de partido, sino cuántas veces estuvo dispuesto a cambiar sus principios por una oportunidad. La traición política, entonces, no la determina el color de la chaqueta, sino aquello que el individuo estuvo dispuesto a vender para ponérsela.

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