Opiniones

La violencia no nace en la calle

CATALEJO

Por ANULFO MATEO PEREZ

La violencia dominicana no nació ayer ni puede explicarse con el cómodo expediente de la «falta de valores». Es un fenómeno multicausal, donde se cruzan psiquis, familia, cultura, desigualdad económica, instituciones y poder político. Reducirlo a una supuesta degeneración moral colectiva es, además de simplista, una manera de no tocar sus verdaderas raíces.

Desde la psiquiatría, conviene desmontar otro prejuicio: no todo violento es un enfermo mental, ni todo enfermo mental es violento. La violencia conyugal como fenómeno asociado está relacionada al trauma y vinculada a la relación entre experiencias de abuso infantil y posterior conducta violenta.

Un niño que crece contemplando golpes, humillaciones, alcoholización, dominación y desprecio puede terminar asimilando que la fuerza es un método legítimo para resolver conflictos. La violencia se convierte así en un lenguaje familiar que después migra hacia la calle. No sorprende, entonces, que la violencia engendre violencia.

La sociología obliga a mirar todavía más lejos. El individuo no vive suspendido en el vacío: pertenece a una familia, una comunidad y una sociedad. Machismo, desigualdad de género, cultura autoritaria, impunidad, exclusión y debilitamiento comunitario crean condiciones para que el agresor encuentre justificaciones y la víctima termine prisionera del miedo.

El propio Poder Judicial ha encontrado un dato revelador: en las sentencias analizadas sobre violencia de género e intrafamiliar entre 2020 y 2024, la mayoría de los hechos ocurrió en viviendas o lugares de habitación de las víctimas. El hogar, presentado como santuario de seguridad, puede convertirse en una celda donde el verdugo duerme bajo el mismo techo de su víctima.

La economía tiene también su expediente. Pobreza, desempleo, precariedad, frustración y desigualdad no producen automáticamente delincuentes, pero multiplican vulnerabilidades y reducen horizontes. El Banco Mundial ha relacionado pobreza, desempleo, desesperanza y desigualdad con mayores riesgos de criminalidad y violencia. El estómago vacío no convierte a nadie en asesino; pero una sociedad sin oportunidades tampoco puede sorprenderse de sus fracturas.

Aquí aparece una contradicción del modelo dominicano: crecimiento económico no equivale necesariamente a bienestar social distribuido. El PNUD ha señalado brechas persistentes en ingresos, género y oportunidades. La pregunta incómoda no es cuánto produce el país, sino quién se beneficia, quién queda excluido y qué futuro se les ofrece a quienes crecen entre carencias y frustraciones.

Los regímenes políticos tampoco pueden lavarse las manos. Una democracia que reduce la ciudadanía a votar cada cuatro años, mientras deja barrios atrapados en precariedad, escuelas deficientes y comunidades expuestas al narcotráfico, termina administrando las consecuencias de sus propias insuficiencias. La patrulla puede contener el síntoma; difícilmente extirpará la enfermedad.

El autoritarismo tampoco resuelve la violencia: puede ocultarla, desplazarla o ejercerla desde el propio Estado. La democracia verdadera necesita instituciones capaces de prevenir, investigar, sancionar y reparar, pero también de generar inclusión. La represión sin política social es una “curita” sobre una arteria abierta.

Por eso resulta insuficiente convertir cada feminicidio, homicidio o riña en espectáculo mediático y responder siempre con la misma receta: más policías y más cárceles. Hay que actuar desde la infancia, fortalecer la salud mental, desmontar patrones machistas, mejorar la educación, crear oportunidades económicas y garantizar justicia. De lo contrario, seguiremos recogiendo cadáveres mientras dejamos intacta la fábrica que los produce.

Violencia doméstica y violencia social son, en buena medida, dos rostros de una misma enfermedad colectiva: la incapacidad de resolver conflictos sin destruir al otro. Psiquiatría, sociología, economía y ciencia política permiten comprender que no existe una causa única. Quien ofrece una explicación sencilla para un problema complejo no está iluminando el camino: está vendiendo una coartada.

El problema, finalmente, no consiste solamente en cambiar al violento, sino en transformar las condiciones que producen, toleran, reproducen o premian la violencia. Porque cuando una sociedad aprende a convivir con el golpe, el disparo y la humillación, la violencia deja de ser una desviación individual: se convierte en sistema.

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